Los errores del traductor

Mafalda-Equivocarse

Errar es humano, es una de las máximas del hombre. Nos pasamos la vida equivocándonos, porque equivocarse es una de las vías del aprendizaje, una de las vías de la experiencia, y una de las vías, a fin de cuentas, del éxito:

“Quien piensa a lo grande tiene que equivocarse a lo grande”

Martin Heidegger

La equivocación también forma parte del trabajo del traductor, de su rutina y de su día a día. El traductor lidia cada día con ella intentando minimizarla al máximo, radicando el éxito no tanto en conseguir un 100% de acierto, sino una cifra lo más cercana al 0% en el número de errores. Parece lo mismo pero, a la hora de la verdad, hay una diferencia fundamental en el enfoque inicial que cambia todo el planteamiento. Y es en ese planteamiento en donde radica la esencia matemática de nuestra profesión (resolución de problemas, ya sabéis…).

Pero dejando a un lado estos fríos porcentajes, la verdadera virtud del traductor para minimizar sus errores no está tanto en la obsesión de buscar no equivocarse (“ay, señor, señor, que me quede como estoy…”), sino en su espíritu de trabajo, en su capacidad de minimizar daños y disminuir los riesgos, y en el orgullo y la voluntad propia de saber reconocer sus errores, entenderlos y asimilarlos, para posteriormente corregirlos y seguir mejorando en su devenir como profesional. He ahí la esencia de la experiencia. Porque, como decía una de mis profesoras de interpretación, “cuando cometes un error, tienes que ser capaz de tirar de la cisterna” (o, si no os gusta esa expresión, “de pasar página”).

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El error del traductor perdura en la eternidad. Menudo drama, ¿no? Dicho así, a cualquiera se le haría un nudo en el estómago cada vez que tuviera que tomar una decisión comprometida a la hora de resolver un problema de traducción complejo. Si a eso le añadimos otros factores como el tiempo o las restricciones propias de cada especialidad (no es lo mismo traducir un guión que un manual de instrucciones), entonces el nivel de presión puede ascender hasta alcanzar cotas en las que no podríamos ni respirar ni tener el suficiente oxígeno para pensar y reflexionar con tranquilidad sobre el problema en cuestión.

El gran traductor tiene que equivocarse a lo grande. Tiene que haberse equivocado mucho. Y tiene que ser capaz de salir a la palestra y decir, «sí, me he equivocado», y reconocer su error. Y, acto seguido, decir: «Y por eso ahora soy mejor traductor que antes». Como hace poco dijo Pablo Muñoz en su blog, si la has cagado, reconócelo. Reconocer un error es siempre el primer paso hacia la experiencia, el aprendizaje y el conocimiento.

Me resulta curioso el orgullo inherente que, en general, tenemos muchos traductores. Cada vez que nos marcan una coma, nos quitan una palabra o nos ponen algo en color rojo (por citar algunos ejemplos), no podemos evitar sentir un puñal clavándose en nuestra espalda. El amor individual hacia nuestras propias palabras, hacia nuestra particular forma de expresarnos, muchas veces nos ciega y nos impide saber encajar una crítica o reconocer un error, independientemente de si éste es más evidente o no. Y esto es algo que seguro que a todos nos ha pasado en algún momento.

En el caso de los traductores audiovisuales, el error perdura en la eternidad en la gran pantalla y en la pequeña. Y, si además, el error forma parte de una línea de subtítulos, entonces el drama es todavía mayor, ya que queda la presencia física del error, lo que hace que el dolor sea doble en muchos casos. Yo, como no podía ser de otra manera, ya he sufrido en mis propias carnes ver cómo un error propio perdura en la pequeña pantalla para siempre, y os aseguro que es una de las sensaciones más dolorosas que hay para un traductor. Ese orgullo inherente cae abatido de forma repentina, y nos deja con una sensación de desnudez e indefensión irreparable a corto plazo.

Es por eso por lo que, últimamente, estoy optando por deshacerme de ese orgullo o, por lo menos, de la parte mala de ese orgullo. Lo cierto es que muchas veces está bien tener algo de amor propio para saber defender una decisión concreta que sientes que es correcta, o que has tomado de manera premeditada aun entendiendo los riesgos. Otra cosa muy distinta es cuando la parte mala de nuestro orgullo se pone en nuestra contra, nos ciega y nos hace defender un error que ya es más que evidente:

“De hombres es equivocarse; de locos persistir en el error”.

Cicerón

Otras veces, y esto es algo que ocurre mucho, a los traductores se nos suelen atribuir errores que, en realidad, no hemos cometido nosotros. Y ese es otro de los puntos negativos de nuestra profesión. Nuestra credibilidad y conocimiento no siempre se respetan. Son muchos los lectores que todavía culpan a los traductores cuando un libro o una película tiene una expresión malsonante o extraña para sus oídos. En su ignorancia queda conocer todo el proceso que hay desde que una traducción sale de las manos del traductor y llega a los actores de doblaje (en el caso de los guiones), o se incrusta en el vídeo final (en el caso de los subtítulos).

Uno de mis errores más gordos:

Como ya os he comentado, mi expediente de gazapos ya ha empezado a crecer y, con ello, mi experiencia también. Supongo que lo ideal sería encontrar un equilibrio entre el número de errores y la experiencia acumulable. Si pudiéramos separar estos elementos y ponerlos en una báscula, siempre que la experiencia esté por encima del error o en equilibrio con él, creo que el balance podría considerarse positivo.

Un error que me gusta contar mucho últimamente es el que cometí al traducir una característica especial de un personaje de Barter Kings (Los Reyes del Trueque). El personaje, en su versión original, decía que no tenía “fingertips”, y yo lo traduje como que le faltaban las “yemas de los dedos”. Pero, poco después, salió a relucir la verdad. Este personaje no es que no tuviera las yemas de los dedos, sino que le habían amputado la última falange de cada dedo de su mano izquierda porque sufrió un accidente:

ErrorBarterKings

Todavía me pregunto cómo diablos se me pudo escapar. Pero la cruda realidad es dura y cruel. Cuando vas contrarreloj y tienes que entregar sin falta un capítulo, muchas veces no te da tiempo de tomarte el tiempo suficiente para solucionar un problema, y das por hecho ciertos detalles que, al final, son los que te llevan a cometer el error.

Esta experiencia, junto con otras, me han enseñado a no apartar la vista de la pantalla y a no perderme ninguna escena a la vez que voy traduciendo. Antes me despistaba más. Y, aunque este error está ahí presente (y lo seguirá estando para los restos de la eternidad), creo que me ha ayudado a mejorar y a seguir creciendo. Y tener ese error en mi recuerdo como símbolo de un error gordo que ya cometí, también me hace esforzarme todavía más para intentar evitar repetir una metedura de pata tan grande como esa.

Y es que, como ya he dicho antes, los errores grandes permiten hacerte grande ante la adversidad. Y, como “solucionadores” de problemas que somos, muchas veces ése tiene que ser el mayor de nuestros consuelos y, al mismo tiempo, una de nuestras principales motivaciones. Seguro que en el futuro, gracias a todo eso, llegarán grandes aciertos que servirán para endulzar el amargo sabor de boca que se nos pudiera quedar con un error del pasado.

Así que, desde aquí, os animo a equivocaros mucho (sobre todo si todavía estáis formándoos), y a que aprendáis de todo ello. Así es como llegaréis, de verdad, a ser grandes.

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Vilma PinedaraflosaElizabeth Sánchez (@esanchezleon)tradubelediAnthony Dakot Autores recientes
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Vilma Pineda
Invitado
Vilma Pineda

Buscando un poco de consuelo por un reciente error en una traducción encontré tu interesante artículo. Me alivia y alienta a seguir adelante. Felicitaciones por tu blog.

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[…] todos los traductores que tienen blogs tienen entradas sobre los errores que han cometido durante sus primeros años de trabajo y nunca sobran… pero no van a evitar […]

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[…] Los errores del traductor […]

Elizabeth Sánchez (@esanchezleon)
Invitado

Ese orgullo del que hablas es el ego, que está ahí para recordarnos lo “guay” que somos. 🙂 Si bien los errores son necesarios para aprender, no deberíamos obsesionarnos tampoco con la idea de alcanzar la perfección. Los traductores somos parte de una cadena y, si no metemos la pata nosotros, puede que alguien venga detrás y lo haga. Hace años me rasgaba las vestiduras cuando veía una errata en un libro, pero ya las paso por alto. Últimamente leo muchos comentarios que destilan demasiada rabia hacia los errores. No sé, me da la sensación de que a alguno le… Leer más »

raflosa
Invitado

¡Hola, Elizabeth! Estoy totalmente de acuerdo contigo en tu reflexión sobre la perfección. No creo que sea malo ser perfeccionista, pero es algo que hay que intentar canalizar de manera positiva si no quieres acabar obsesionándote demasiado con las cosas. En mi opinión, el buen profesional no es el que vive obsesionado con hacerlo todo bien, sino el que es capaz de detectar qué tipo de decisiones son buenas y qué decisiones no lo son independientemente de su calidad. Hay que saber detectar en qué momentos hay que ser perfeccionista y en qué otros simplemente basta con cumplir con lo… Leer más »

tradubeledi
Invitado

¡Me encantó tu artículo! Gracias, de verdad, muchas gracias por compartirlo con nosotros. Definitivamente me he identificado mucho con esta entrada. Muchas veces los traductores tenemos miedo a equivocarnos porque nuestra reputación y credibilidad están en juego, entonces es mucha presión para nosotros…y la verdad es que me alivia mucho leer tus palabras.

Saludos 🙂

raflosa
Invitado

¡Hola!

Creo que la equivocación es uno de los mayores miedos del traductor, y no está de más reírse un poco de eso de vez en cuando, para rebajar la tensión y tomarlo con un poco de filosofía. Todos nos equivocamos, es la verdad, y hay que saber sobrellevarlo y sobreponerse a ello con naturalidad.

Gracias por haberte animado a comentar.

Un saludo.