Esta entrada la escribo un poco a modo de desahogo, aunque también con el objetivo de compartir una serie de sensaciones que sé que también les ocurren a muchos colegas, tanto a los que son traductores como a los que no. También lo hago con el objetivo de compartir algunos consejos que yo trato de poner en práctica en mis presentaciones y que, a menudo, me funcionan. Algunos de ellos, vaya la verdad por delante, los descubrí en un libro que no me canso de recomendar y que ya he mencionado en alguna entrada anterior: Presentation Zen.

El miedo escénico, ¿qué es y cómo se percibe?

El miedo escénico es un mal que afecta a muchos profesionales. Yo reconozco que es algo que padezco en mayor o menor medida cada vez que me toca ponerme delante de una audiencia. A menudo las sensaciones varían atendiendo a diversos factores, como el nivel de cercanía con la audiencia (básicamente, si en el público hay gente conocida o no), la preparación del discurso (por supuesto que siempre intentamos preparar todo a conciencia, pero no siempre tenemos el tiempo deseado para hacerlo), el dominio del tema sobre el que exponemos (no siempre se habla de cosas sobre las que uno es experto), la agilidad mental que tienes en el momento en el que te toca hablar (hay veces que, simplemente, no tienes el día), el grado de concentración (influyen muchos factores en esto, desde ruidos ambientales a los niveles de estrés del ponente), la capacidad para conectar con el público (no siempre se consigue la química deseada con los presentes) o, incluso, los niveles de cafeína en sangre (a mí por ejemplo, un par de cafés me convierten en la persona más hiperactiva del lugar), entre otros muchos factores.

Traduemprende 2012. Mi primera vez delante de una audiencia «traductoril». Sobreviví.

¿Qué sensaciones suelen experimentarse?

A modo de ejemplo, describiré una serie de sensaciones con las que seguramente podrás identificarte si alguna vez has hablado delante de una audiencia:

El día «D» a la hora «H», tras pasar una noche entera sin dormir, te presentas en la sala en la que darás tu charla. Después de escuchar el resto de ponencias en las que, nervioso, retorcías el bolígrafo y repasabas mentalmente tu charla, llega tu turno. Subes al escenario, te presentan, te dan la palabra y… cuando miras al público, empiezas a ver las señales de lo que yo llamo el «apocalipsis ponente»: caras desencajadas, cabezas sumergidas en pantallas, bostezos infinitos, grupitos de asistentes hablando entre ellos —¿por qué siempre hay gente incapaz de comportarse?—, gente que entra o sale de la sala sin sigilo alguno… Vamos, lo habitual. Total, tú, que quieres ser profesional, aceptas el reto y decides seguir adelante a pesar del caos nervioso que ya se extiende por todo tu cuerpo.

Comenzada la charla, llegas al clásico punto de inflexión que toda charla debe tener: ese en el que el objetivo es romper el hielo o, en el mejor de los casos, ganarse al público —sobre todo si este anda distraído, como es el caso—. Así es que procedes, haces tu chiste, chascarrillo o comentario ingenioso y ocurre lo que ya te venías temiendo. El silencio. El drama. Y tu desánimo es tal que ves pasar por la sala un estepicursor rodante que te desarma y hunde tu optimismo en la miseria.

A partir de ahí, la cosa no solo no mejora, sino que incluso va empeorando. Notas que la gente no muestra interés, se acrecientan las miradas perdidas, los bostezos casi se te contagian a ti también o —una de las peores sensaciones— empiezas a percibir comentarios entre asistentes que te llevan a un estado mental de paranoia (¿estarán hablando de mí?).

Todo se hace muy cuesta arriba, pero, claro, tú que quieres ser profesional, decides hacer caso omiso de todo eso y sigues adelante, así que pones el automático y das tu charla sin lograr esa química que tanto anhelabas tener con el público. Diapositiva de agradecimiento, tímidos aplausos y… ¡hasta la próxima!

A partir de ahí, llegan las preguntas: ¿Qué ha pasado? ¿Por qué las cosas no se han dado como yo quería? ¿Qué he hecho mal? ¿Soy yo o es el público?

Las respuestas pueden ser de lo más variadas y no siempre es fácil saber las causas, pues influyen muchos factores (no solo el factor del miedo escénico o los nervios). Cada caso es un mundo, pero lo cierto es que esta experiencia que os he contado bien podría ser la crónica estándar de muchas charlas. De hecho, a mí me ha ocurrido en varias ponencias —y todavía me sigue ocurriendo—, por eso puedo describir todas esas sensaciones con tanto detalle.

Bien es cierto que, luego, a cada uno el miedo escénico se nos presenta de una manera distinta y que hay personas a las que les afecta más. Por ejemplo, hay a quien le sudan o tiemblan las manos, a quien le tiembla la voz, quien se queda en blanco en frente de la audiencia o quien divaga sin conseguir recuperar el hilo de lo que estaba diciendo, por citar algunas consecuencias de lo que nos puede llegar a ocurrir.

Algunos consejos para superar el miedo escénico

Entonces… ¿Qué podemos hacer para combatir estas sensaciones? ¿Se puede vencer al miedo escénico? ¿Podemos hablar en público aunque sintamos nervios o, en el peor de los casos, pavor? Yo opino que sí, pero es algo que requiere tiempo y mucho esfuerzo. Hay cursos específicos sobre este tema y hasta asignaturas del plan de estudios de la carrera de traducción en las que se habla de esto. De hecho, recuerdo que, en su momento, recibí unas nociones de oratoria muy útiles en interpretación consecutiva e interpretación simultánea en la FTI de la UGR.

Además de esto, también está la opción de formarse de manera autodidacta. Para eso, nada como los libros. Además del ya citado Presentation Zen, también he leído otros libros que me parecen muy recomendables como El arte de cautivar (de Guy Kawasaki), Saber conversar o Saber qué decir (estos dos de Debra Fine) que, aunque se centran en cómo mejorar nuestras interacciones con los demás, son muy útiles para mejorar nuestras destrezas comunicativas, lo que puede ayudarnos también a desenvolvernos mejor delante de una audiencia.

Hechas las recomendaciones de estos libros —que considero, de verdad, imperdibles—, aquí van mis verdaderos aportes. Un compendio de consejos, trucos y reflexiones que espero que te ayuden a superar todas esas sensaciones descritas anteriormente, o al menos a mejorar de cara al público. 🙂

1. Aprende a mantenerte concentrado pase lo que pase

Esto es algo que aprendí gracias a mi afición por la música y a los años en los que toqué en grupos y di conciertos. Todo buen músico que se precie sabe que, en el escenario, si en algún momento piensa en el éxito o en el fracaso, ya habrá fallado, ya que al hacerlo habrá perdido su concentración. Pues bien, al ponente le ocurre lo mismo, no debe dejarse influir por lo que le rodea. Debe pensar que es como un espadachín que debe mantenerse concentrado en todo momento para evitar que su rival le toque. De hecho, cuanto más profundo sea el estado de concentración que alcances, más difícil será que los elementos externos te afecten y, en consecuencia, cometer algún error.

Esgrima. Imagen con licencia Creative Commons.

En definitiva, debes ser consciente de que pueden pasar mil cosas cuando estás en un escenario, pero, a la hora de la verdad, debes ser tú, tu cabeza y tu charla. Por supuesto que no puedes olvidarte nunca del público ni de tu entorno, pues son dos elementos más que están ahí, pero estos deben influirte en la justa medida.

2. No busques la aprobación del público, no la necesitas

Una de nuestras máximas preocupaciones cuando estamos en el escenario es si nuestra charla gustará a los asistentes. Es genial tener esta preocupación, pues denota que realmente nos preocupa el efecto que pueda tener nuestro discurso en el público. Pero, por experiencia, conviene no obsesionarse demasiado con él, sobre todo si lo percibimos frío, ya que eso puede afectarnos y llevarnos al error.

En mi opinión, debemos pensar en el público como un termómetro. Si notamos que esta demasiado frío, seguramente debamos hacer algo para llamar un poco su atención. Si notamos que está demasiado excitado, tal vez sea el momento de poner ese vídeo o de hacer esa lectura que llevabas en la recámara para calmar un poco el ambiente. Jugar con esta temperatura es complicado y requiere bastante experiencia, pero es algo que se aprende con el tiempo. Sin embargo, aun con esa experiencia, sigue siendo un factor complicado y, al final, te das cuenta de que es un aspecto que no se puede controlar nunca al 100 %.

No obstante, tampoco debemos obsesionarnos con las reacciones de los asistentes. De hecho, si nos centramos demasiado en el público, puede ocurrir que perdamos la concentración o el hilo de lo que estamos diciendo. Por eso también debemos desarrollar la capacidad de ser inmunes y desconectar en ciertos momentos —ojo, pero sin ignorar, simplemente como medida de seguridad para mantenernos concentrados—. Por ejemplo, recuerdo alguna que otra charla de localización en la que noté que la gente se me aburría, pero realmente no había mucho que yo pudiera hacer al respecto, puesto que el tema era el que era y, además, era una de las peores horas del día —ya casi al final de la jornada—. En casos así, es mucho mejor poner el automático y tirar para adelante que rayarte con el bostezo de la chica de la tercera fila.

Si volvemos al ejemplo de la música, es fácil encontrar en la historia actuaciones musicales de grandes grupos que no terminaron de cuajar con su público. Por ejemplo, se dice que Led Zeppelin —grupo que me apasiona— apenas lograba levantar aplausos en sus primeras actuaciones a finales de los 60 en Escandinavia (se dice que era porque el público aún no entendía su música), pero eso no fue motivo para que dejaran de tocar o para cambiar su estilo a lo que el público esperaba. Todo lo contrario, continuaron haciendo su música y el éxito les vino más adelante. Pues bien, al ponente le puede ocurrir algo parecido, tal vez la charla que esté ofreciendo no esté generando demasiado interés o no esté siendo muy apreciada, pero no por eso hay que venirse abajo o ponerse a improvisar chistes sobre la marcha. Todo lo contrario, es mejor seguir el plan y pensar que ya vendrán charlas mejores.

En conclusión, debemos pensar que el público solo es un elemento más de tantos que están participando en el proceso comunicativo y darle el peso que merece, sin ignorarlo y sin obsesionarnos con él.

3. Ten claro tu propósito como ponente

Este es otro de los puntos sobre los que más he reflexionado en estos años. Todos tenemos una idea o un concepto de cómo debería ser la charla ideal. Seguramente esta debería ser amena a la par que informativa. No obstante, encontrar ese equilibrio no siempre es sencillo. De hecho, hay ponentes que destacan por unos aspectos y otros que destacan por otros totalmente distintos. Así ocurre que a menudo encontramos ponentes a los que se les da muy bien la faceta humorística o la amenización de su discurso, pero quizá no tanto la parte más informativa, divulgativa o de investigación de su charla. O al contrario, puedes encontrarte a ponentes que investigan, aconsejan y ofrecen información de calidad, pero que no amenizan, divierten o entretienen. Es más, por experiencia, puede llegar a ocurrir que, teniendo un perfil u otro, haya charlas que queden muy divertidas y otras que queden muy académicas por la manera en la que se haya armado la charla o por el día que haya tenido el ponente.

Siguiendo con las confesiones, reconozco que a mí me han ocurrido ambas cosas. He dado charlas divertidas y con poca sustancia, y otras más académicas plagadas de información útil que acabaron aburriendo al respetable. Actualmente, después de darle tantas vueltas a este asunto, reconozco que me encuentro en una etapa en la que prefiero primar la información y la calidad de los aportes que puedo hacer por encima de cualquier chiste o broma, porque entiendo que lo verdaderamente útil para el público es la información y no tanto la risa. Por supuesto que si puedes informar de manera amena siempre se va a agradecer, pero no tiene por qué ser el objetivo.

Para seguir avanzando en este punto por tu cuenta, hazte las siguiente preguntas. ¿Cuál es el objetivo de mi ponencia? ¿Informar? ¿Enseñar? ¿Divertir? ¿Todo a la vez? Reflexiona e intenta inclinar la balanza del lado que más te interese según el tipo de charla que vayas a dar, el público que vayas a tener o tu manera de ser y tus cualidades. Esto último también es muy importante, dado que, si por ejemplo, no se te da demasiado bien hacer chistes, quizá sea mejor limitarlos e intentar amenizar la charla con otras estrategias (contando historias, usando recursos visuales, comentando curiosidades, etc.), y centrarte en los aspectos que verdaderamente le dan valor a tu charla (consejos, aportes, recomendaciones, fuentes, etc.). 🙂

4. Ensaya hasta que te sepas todo tu discurso de memoria, con y sin diapositivas

Y cuando acabes, sigue ensayando hasta que te lo sepas mejor que esa canción que tanto te gusta. La mejor forma de estar tranquilo en el escenario es tener claro en todo momento «qué viene ahora». A menudo, los momentos de mayor estrés que vive un ponente son esos en los que no recuerdas esa diapositiva que venía después o esa idea con la que tenías que enlazar.

No hay más que tirar de hemeroteca para ver grandes fiascos de, por ejemplo, presentadores de telediario que meten la pata solo porque no se acuerdan de esa línea que les servía de enlace con la siguiente noticia. En España es famoso el «pepino» de Beatriz Pérez Aranda, que en su momento dio la vuelta al país en todos los programas de zapping. Más allá de lo divertido de este error, si te detienes a analizarlo, verás claramente que en el fondo su error se produjo por no acordarse de la palabra «cohete», que era la que le servía de enlace con lo que venía después. Por cierto, Beatriz ha seguido presentando las noticias muchos años a pesar de ese error e, incluso, parece que le valió para ganarse la simpatía de muchos espectadores. 🙂

Personalmente, tengo claro que las charlas que mejor me han salido o de las que me he ido más satisfecho han sido aquellas que mejor he preparado y que más he ensayado. Por eso, el objetivo no debe ser solamente ensayar por ensayar, sino hacerlo de una manera analítica —por ejemplo, fijándote en aspectos como si la estructura de la charla es la correcta, si las ideas conectan bien, si las diapositivas están bien colocadas o si hay información prescindible— y con una puesta en escena realista a modo de simulación —si vas a dar la charla de pie, no la ensayes sentado delante del PC, hazlo de pie también y practica tus movimientos, gestos, cambios de diapositiva, etc.)—. Así, además de aprenderte toda la charla de memoria, conseguirás perfilar el resto de detalles que, aunque parezca que no tienen importancia, la tienen.

Por último, no olvides aplicar la Ley de Murphy, esa que dice que si algo puede salir mal, es probable que salga mal. Por eso lo mejor que puedes hacer es estar siempre preparado para la mayor hecatombe que te pueda ocurrir. Por ejemplo, si has decidido crear un PowerPoint para tu presentación o si tienes previsto que los alumnos usen sus ordenadores para alguna actividad, prepara alternativas por si se producen problemas técnicos. Se dice que el mejor ponente no es el que lleva el mejor PowerPoint, ni siquiera el que más sabe sobre un determinado tema, sino el que es capaz de hacer su presentación de manera autónoma sin necesidad de ningún tipo de apoyo. De hecho, hay veces en las que el uso de un apoyo externo incluso puede ser contraproducente (¿quién no ha cometido el clásico error de mirar el PowerPoint más de la cuenta, por ejemplo?).

En definitiva, prepárate para dar la charla en el peor de los casos. Así estarás tranquilo o, al menos, tendrás una cosa menos de la que preocuparte. 🙂

5. Llegados a este punto, seamos sinceros, muy pocos sienten la pasión que sientes tú sobre ese tema del que estás hablando

Esta es una de las reflexiones más recientes que he escuchado en algunos de mis colegas. Y creo que llevan razón. Tendemos a pensar que el tema sobre el que vamos a exponer es muy interesante para nuestra audiencia. Y está bien que sea así, ya que somos nosotros mismos los primeros que debemos demostrar esa pasión y ese interés cuando hablamos. Solo así podremos llevarnos al público a nuestro terreno.

Pero la realidad es cruel y nos dice que, como mucho, solo un 5 o un 10 % de los asistentes sentirán esa pasión que sentimos nosotros sobre ese tema del que estamos hablando. Por ejemplo, en mi caso, que suelo hablar sobre traducción audiovisual, diseño, informática aplicada o herramientas, a menudo me encuentro en mis actividades con colegas de otras especialidades, como la traducción médica, la traducción jurídica o, incluso, de otras disciplinas que no tengan nada que ver con la traducción. Por lo general, estos profesionales no tienen tanto interés como yo por ese tema del que estoy hablando, puesto que sus especialidades son distintas, y por tanto no siempre muestran demasiado entusiasmo durante la sesión, por muy bien que la haya armado o por muy inspirado que esté ese día.

Es más, el público puede variar también en función del tipo de evento en el que participemos, dado que hay eventos más especializados y otros más generalistas (por ejemplo, de entre los eventos de traducción, el HispaTAV se centra exclusivamente en traducción audiovisual y el SELM tiene un carácter más general). Ante eso, quizá lo mejor sea anticiparse y armar nuestra charla procurando que todos los asistentes puedan seguirla aunque no sean expertos en ese tema.

Otro ejemplo para reforzar este último argumento. En mi última clase de maquetación de la VIU que di por videoconferencia, solo se quedaron un 10 % de mis alumnos, que eran los que verdaderamente tenían un interés en lo que íbamos a estudiar ese día. Esto es muy común en el ámbito académico, ya que a menudo muchos alumnos se apuntan a una asignatura o conferencia por los créditos, por el diploma o por rellenar su currículum. De hecho, es frecuente que a las charlas acudan noveles que no tienen muy claro todavía qué quieren hacer y acuden para ver si alguien les ilumina.

Por eso, tenemos que aprender a convivir con los bostezos, las caras de cansancio y demás expresiones, digamos, de desinterés que puedan tener los asistentes. Tenemos que volvernos inmunes a ellas para que así nuestro discurso no decaiga cuando las veamos desde el escenario.

En definitiva, el público puede ser de lo más variopinto —o directamente díscolo en el peor de los casos—, así que por un lado conviene anticiparse para intentar crear una charla inclusiva para todos los asistentes. Por otro lado, tenemos que aprender a convivir con él incluso cuando nos muestra desinterés o no hay conexión.

6. Si no vas a tener tiempo suficiente para preparar una ponencia, mejor no la hagas

Igual puede parecer una obviedad, pero creo que es necesario recalcarlo porque es fácil perdernos en el estrés de nuestra rutina. Por lo general, suelen ocurrir dos cosas. Una, que aceptes dar una charla y te des cuenta a posteriori de que realmente no vas a tener tiempo suficiente para prepararla porque se te mezcle con otros proyectos. Y la otra, cuando tenemos exceso de confianza y aceptamos acudir a algún evento dejándonos llevar por las ganas o la ilusión sin detenernos a hacer un análisis realista del tiempo que tenemos en realidad.

Debemos ser conscientes de que cualquier actividad académica requiere un tiempo de preparación. Es cierto que a veces podemos jugar la baza de la experiencia o de las tablas (sobre todo en cursos y talleres que damos con asiduidad), pero eso no siempre será garantía de éxito. Además, en el caso de las ponencias, conviene hacer un esfuerzo por aportar algo nuevo cada vez que vamos a un evento distinto. Eso requiere dedicar muchas horas y varios días de inmersión e investigación en el tema en cuestión, ya sea para sumar nuevos aportes o para estructurar como es debido esa información que ya tienes en tu cabeza.

Reconozco que esto último de aportar algo nuevo es una observación más bien personal —no todo el mundo lo hace y lo respeto—, pero yo la verdad es que hago todo lo posible por no repetir mis charlas, aunque reconozco que alguna vez he sido «ponente pecador» y lo he hecho, bien porque me han pedido esa charla que diste en tal sitio, o bien porque me tocaba hablar en un lugar en donde no me conocía nadie. En esos casos, repetir no tiene por qué ser algo dramático.

Definición gráfica de «ponente pecador».

No obstante, si no tenemos el suficiente cuidado, corremos el riesgo de repetirnos hasta en la sopa. Y cuando eso ocurre, te digo por experiencia que el público puede perder el interés por ti y por tus charlas, algo que minará tu confianza, y que seguramente hará que tu discurso deje de tener ese brillo y esa frescura que tenía cuando expusiste esa ponencia tan interesante por primera vez.

En definitiva, sé realista y valora el tiempo que tienes para confeccionar tu charla. Y si puedes hacer un esfuerzo extra por aportar información nueva o distinta de la que ya has aportado en anteriores charlas, mucho mejor.

7. Aprende a fracasar, solo así llegarás a ser un maestro (jedi) de los discursos

Piensa que si te he contado todo esto, es porque seguramente yo he fracasado en varios de estos puntos en algún momento. Y aquí estoy. Sigo vivo y me siguen llamando para ir a sitios —¡y que siga siendo así!—. 🙂 Sí reconozco que, de alguna manera, he aprendido la lección y cada vez intento elegir mejor los lugares a los que voy y mirar la agenda con más detenimiento, a pesar de arriesgarme a parecer una persona demasiado ocupada. Fíjate que soy el primero que he sentido rechazo hacia gente con la que no puedes contar nunca o que siempre están liados, pero con los años aprendes que, a menudo, la gente no va sobrada de tiempo, sobre todo en nuestro mundillo, en el que los eventos son un pequeño oasis en mitad de una rutina llena de proyectos.

Además de esto, también conozco a muchos colegas traductores que me han hablado de aquella ponencia que fue un completo desastre o en la que contaron un chiste y no se rió nadie. Es algo que nos pasa a todos y que tenemos que aprender a aceptar, ya que por mucho que nos preparemos siempre hay cosas que pueden salir mal o que nosotros no podemos controlar por inexperiencia, lentitud mental o falta de inspiración.

En definitiva, aceptar el error o el azar forma parte del proceso de aprendizaje. Y aquí vuelvo a la comparación del ponente con el músico que interpreta una pieza. Además de lo que he contado antes sobre la concentración, otro rasgo que caracteriza al buen músico es su capacidad para reconducir cuando se equivoca. A su capacidad para dejar atrás esa nota en la que se equivocó y seguir concentrado en lo que le viene por delante. También podemos compararlo con los intérpretes, que tienen en su manual que, pase lo que pase, hay que seguir y olvidar ese error o esa parte que no nos ha salido tan bien como queríamos. El ponente debe ser igual. Incluso, me atrevería a decir debe ser capaz de llevar con naturalidad sus propios errores.

¿Cometiste un error? No pasa nada, tira de la cisterna y continúa. 🙂

Por experiencia, siempre y cuando tu error no sea garrafal, bastará con hacer una pequeña aclaración —a ser posible en un tono alegre o divertido—, con el objetivo de quitarle importancia. Verás que, si el público es bueno —por lo general, suele serlo—, sabrá entenderlo y probablemente querrá dejar atrás el error rápidamente para centrarse en lo que viene por delante. Y si lo haces con una sonrisa, mejor todavía. 🙂

Para cerrar, te animo a que pongas en práctica todos estos consejos y a que hagas todo lo posible por dejar atrás las malas experiencias que hayas podido tener. Solo así conseguirás convertirte en un maestro (jedi) de los discursos.

¡Hasta la próxima entrada! 🙂

Después de unas semanas bastante intensas en Buenos Aires —voy allí todos los años a participar como docente en la Actualización en Nuevas Tecnologías de la Traducción de la UBA—, por fin estoy de vuelta en España. El pasado fin de semana estuve en la CITA de ATRAE, en una mesa redonda sobre localización de videojuegos en la que estuve con Pablo Muñoz, Eugenia Arrés, Carlos la Orden, Cristina Bracho, Diana Díaz Montón y Diego Parra. Me lo pasé genial con ellos y saqué muy buenas conclusiones tanto de la mesa como del evento en sí. Una de ellas, la importancia de valorarnos a nosotros mismos como profesionales, que es de lo que hablo en mi vídeo de regreso.

Espero que el vídeo te haya gustado. Si es así, no olvides darle a «Me gusta» en YouTube, suscribirte al canal de Traduversia y, si tienes algo que aportar o que comentar, dejar un comentario en YouTube o aquí abajo. ¡Hasta el próximo vídeo! 🙂

P. D.: He aprovechado en estos días para mudar el blog a otro hosting y, de paso, darle un pequeño lavado de cara. Espero que te guste el resultado. Poco a poco iré añadiendo más cosillas. 😉

Esta semana vuelvo con un vídeo para el consultorio de Traduversia. Estoy muy comprometido con esta sección, pues entiendo que muchas veces os resulta más útil que grabe vídeos respondiendo a dudas que puedan ser comunes que grabando vídeos sobre temas que me interesen únicamente a mí. Es por eso que le he dado prioridad a este vídeo por delante de otros que tengo en mente (gameplays, vídeos sobre traducción audiovisual, cafés varios, etc.). Esta vez respondo a una duda que nos plantea Miguel, seguidor y alumno potencial de Traduversia, que nos ha trasladado las siguientes preguntas.

Acabo de ver tu vídeo sobre pruebas de traducción. Me ha parecido excelente. Soy traductor desde 1996. Me gustaría saber cómo funciona el proceso de traducir un texto, ya que nunca me he atrevido a preguntar al cliente para no parecer poco profesional o novato. No estoy especializado en un campo concreto. Me gustaría saber si todas las traducciones son posteriormente revisadas y verificadas por un experto en la materia. Por ejemplo, una traducción de ingeniería. También, si crees que los traductores hemos de tener un seguro de responsabilidad ¿civil? ¿Crees que debería poner en mi CV que todas las traducciones que yo haga han de ser revisadas por un experto en la materia?

Muchas gracias de antemano.

(Probablemente haga vuestro curso de subtítulos con el precio rebajado que ofertáis ahora).

Como siempre, respondo en un vídeo a las preguntas, sin prisa pero sin pausa, para que tanto Miguel como vosotros podáis tener más información sobre estos asuntos. Espero que os guste.

Si tenéis algo que comentar acerca del proceso de traducción, de la norma UNE o de los seguros de responsabilidad civil, os invito a que lo hagáis aquí abajo o en YouTube. Creo que los temas que tocamos hoy nos afectan a muchos y seguro que puede haber contribuciones muy interesantes.

No me enrollo más, nos vemos en el vídeo de la semana que viene. 🙂

P. D.: Si quieres hacer alguna pregunta para el consultorio, deja un comentario con tu pregunta o envíala a través del formulario del consultorio de Traduversia. Te esperamos.

Por petición popular, esta semana he grabado un vídeo para recomendarte varios diccionarios (de inglés y español, sobre todo). Además, te explico cómo usarlos con el Omnibox de Google Chrome, dado que a algunos parece que no os quedó muy claro en el vídeo de la semana pasada dedicado a los buscadores del DRAE y la Fundéu. Sin más dilación, te dejo con el vídeo.

Como siempre, espero que te haya gustado. Como te digo en el vídeo, en el futuro espero grabar más vídeos como este con otros diccionarios más originales o rebuscados. Este, al ser el primero, tenía que venir sí o sí con los diccionarios más conocidos. Si se te ocurre algún diccionario interesante que quieras recomendar o que quieras que mencionemos en futuros vídeos, te invito a dejarlo en los comentarios, como siempre. Pocas cosas traen dan tanta felicidad y satisfacción como compartir esta clase de recursos con nuestros colegas.

Corto y cierro, por esta semana. ¡Nos vemos el jueves que viene o antes (si estás en Traduversia)! 😉

Hoy respondo a una pregunta que me planteó Néstor Aponte en un comentario de un vídeo anterior. En el comentario, Néstor nos decía lo siguiente:

¡Hola, Rafa! ¡Excelente vídeo! Quería saber qué consejos tienes para hablar con un cliente sobre los pagos. Es un tema que, irónicamente, siempre me ha resultado peliagudo y sé que es asunto delicado para cualquier traductor. ¡Saludos!

Néstor Aponte

Pues bien, como en Traduversia somos todo oídos, nos hemos animado a grabar un vídeo sobre este tema tan delicado. ¿Te interesa? ¡Vamos a verlo!

Espero que el vídeo te haya gustado. No olvides dejar una pregunta en los comentarios o en el formulario del consultorio de Traduversia. Aunque ya tenemos varias consultas seleccionadas, tendremos muy en cuenta cualquier pregunta que nos hagáis llegar. Nada más, ¡os veo en Traduversia! 🙂

Esta semana me ha dado la morriña y me he acordado del año que terminé la carrera y empecé a curtirme como traductor profesional. Y, al echar la vista atrás, he pensado en las cosas que ahora sé y que me hubiera gustado que alguien me hubiera contado en aquella época. De eso va el vídeo de hoy, de traduconsejos varios para traductores noveles y recién graduados como tú. ¿Te interesa? ¡Vamos a verlo!

 

¿Te han gustado los consejos? ¿Hay alguna cosa que te gustaría preguntar? ¡Deja un comentario! Y como siempre, te veo en Traduversia. 🙂

En el consultorio de hoy, respondo a otra de las preguntas que más nos suelen hacer los alumnos de Traduversia, que es la siguiente: ¿qué debo tener en cuenta para tener una buena tarifa de traducción? En el vídeo te doy algunos consejos basados en mi experiencia durante los últimos años que, como mínimo, te harán reflexionar un poco sobre este tema tan peliagudo.

 

Como siempre, te invito a dejar algún comentario o pregunta aquí o en YouTube. También, si quieres participar en nuestro consultorio, puedes usar el formulario que hemos habilitado en Traduversia, al que puedes acceder desde aquí. ¡Ah! Y no te pierdas el último vídeo que ha publicado Pablo, en el que responde a otra pregunta que también nos hacen con mucha frecuencia: ¿qué máster o curso hago si ya tengo experiencia en traducción? Todo eso y mucho más, en el canal de YouTube de Traduversia. 🙂

Como ya sabéis, hace unos días Pablo Muñoz y yo publicamos dos vídeos que dieron inicio a una nueva sección en el canal de YouTube de Traduversia que consiste en un consultorio en el que resolvemos dudas de nuestros alumnos y seguidores (los puedes ver aquí). Como estamos muy motivados y contentos con el resultado que está teniendo la nueva sección, hoy nos hemos decidido a lanzar otra más. Se trata de «Los cafés de Traduversia», un espacio en el que compartimos reflexiones relacionadas con nuestras especialidades en formato audiovisual.

En mi primer café intento desmontar algunos mitos y prejuicios relacionados con la traducción audiovisual. Es un tema del que ya hablé hace un tiempo en el blog y que se comentó bastante (recordad esta entrada o esta otra), pero aún no había grabado ningún vídeo hablando de esto. La verdad es que lo he disfrutado mucho y creo que puede generar cierto debate, dado que son temas que suelen comentar no solo los traductores, sino también los aficionados al cine, series o consumidores de productos audiovisuales. Sin más dilación, os dejo aquí abajo el vídeo esperando que lo encontréis interesante.

 

Por cierto, que Pablo ha publicado también otro café criticando a los TFM y TFG en los que se critican malas traducciones. Échale un vistazo porque sé que es un tema sobre el que seguro has reflexionado en algún momento.

Nada más, te veo en la próxima entrada o vídeo, y si no en Traduversia, en donde ya sabes que estoy disponible las 24/7. ¡Hasta la próxima!

 

¡He vuelto! Sí, he querido aprovecharme de esto del año nuevo y de los propósitos para 2018 para retomar el blog (por cierto, ¡feliz Año!), en el que llevaba sin publicar nada desde que os comenté que me iba a Buenos Aires para participar en el LocArg2017 y en un posgrado organizado por la Universidad de Buenos Aires. Desde entonces no he parado quieto y he estado bastante atareado con videojuegos, series, cursos, másteres y otros proyectos a los que he dedicado una parte importante de mi tiempo libre. Aun así, prometo sacar un hueco dentro de poco para contaros mi viaje a Buenos Aires, que fue muy intenso y merece ser contado aunque sea a posteriori. 🙂

De todas formas, sé que en este tiempo algunos de vosotros me habréis visto en The Translation Show, en donde sí he publicado vídeos de manera periódica desde que lo lanzamos a principios del año pasado. Y dado el éxito que ha tenido (miles de reproducciones y varios cientos de suscriptores) y en vistas de que YouTube e Instagram se están convirtiendo ahora mismo en dos medios muy utilizados por los traductores, en Traduversia también hemos querido sumarnos a esta tendencia de publicar vídeos para interactuar con nuestra audiencia. Lo hemos hecho dentro de una nueva sección que hemos llamado El consultorio de Traduversia, en la que queremos responder a las preguntas y dudas que quieran plantearnos nuestros alumnos y seguidores —puedes enviar tus preguntas desde este formulario—.

El primer vídeo que hemos grabado es este que puedes ver aquí abajo, en el que respondo a una de las preguntas que más solemos responder por correo o en los eventos a los que vamos. 🙂

¿Hago un máster de traducción o me apunto a un curso?

 

Aunque en el vídeo ya os planteo los argumentos más importantes, voy a exponerlos también aquí abajo a modo de resumen, por si eres de los que prefieren leer a ver un vídeo (de todo hay en la viña del Señor). Se resumiría en los siguientes consejos:

1. Asegúrate de que la especialidad que te atrae te gusta lo suficiente

Antes de lanzarte a por un curso o un máster, piensa hasta qué punto lo necesitas para tu futuro profesional. Para ello, hazte varias preguntas:

  • ¿Seguro que ese ámbito de la traducción me atrae lo suficiente?
  • ¿Estoy idealizando demasiado ese oficio o a los profesionales de ese sector?
  • ¿De verdad quiero dedicar x años de mi vida a trabajar en eso?

Si no tienes claras las respuestas, entonces quizá deberías descartar la idea del máster y plantearte trabajar durante un tiempo en algo relacionado con ese ámbito para ver si te gusta realmente o no. Por ejemplo, si te atrae la traducción audiovisual y crees que sería bonito traducir un videojuego, busca unas prácticas en una empresa de traducción en la que traduzcan videojuegos o colabora con algún traductor autónomo que se dedique a eso (siempre hay alguno que está muy agobiado y necesita ayuda en algún momento). A menudo ocurre que muchos estudiantes o traductores noveles creen que los traductores de videojuegos se pasan la mitad del tiempo jugando, cuando en realidad se pasan casi todo el tiempo traduciendo contrarreloj en herramientas de traducción asistida o en hojas de Excel, algo que acaba desanimándoles o dejando la especialidad. En este sentido, como dice Pablo Muñoz en su blog, conviene no compararse con nadie, porque aunque está bien querer parecerse a otros profesionales a quienes admires, a la hora de la verdad tampoco sabes el camino que han recorrido para llegar hasta dónde han llegado y ser como son ahora mismo.

2. Asegúrate de si necesitas tener un máster o no para lo que quieres hacer

Mucha gente hace un máster porque ese mérito les sirve realmente como mérito para conseguir el trabajo que están buscando —para destacarse en un proceso de selección o para ganar puntos en bolsas de trabajo, por citar un par de ejemplos—. Otros, en cambio, lo hacen porque realmente necesitan cubrir ciertas carencias que han notado que tienen en el oficio que ya han ejercido o que están ejerciendo. Si tu caso es uno de los anteriores, ¡adelante! Seguro que no te arrepentirás.

Pero si estás pensando en apuntarte a un máster como una forma de prolongar tu etapa formativa porque no sabes bien qué hacer o porque no encuentras trabajo, mi consejo es que antes de dar el paso investigues si realmente lo necesitas para el puesto de trabajo que aspiras a ocupar después. Esto es importante porque conozco a muchos colegas que han hecho un máster y reconocen que a la hora del verdad el título del máster no les ha ayudado a conseguir el trabajo, sino que han tenido que hacer una prueba de traducción o un proceso de selección en igualdad de condiciones con otros traductores que no tenían máster. Esto ocurre sobre todo entre autónomos, ya que en muchos casos nos ganamos a nuestros clientes superando pruebas de traducción, como ocurre por ejemplo con Netflix o con otras empresas del mercado audiovisual.

3. Piensa en el dinero que puedes invertir (sin dramas de por medio)

El factor económico es fundamental a la hora de decantarnos por un máster o por un curso. En ese sentido, tenemos que ser inteligentes y ahorrarnos los dramas. Imagina que te apuntas a un máster que cuesta 2000 € y que al acabarlo o mientras lo estás haciendo te das cuenta de que esa especialidad no te gusta. ¡Vaya drama para ti y para tu familia, sobre todo si te han echado un cable para pagarte la matrícula!

En cambio, los cursos suelen tener precios más económicos y son méritos que siempre van a quedar bien en tu currículum. En ese sentido, si te apuntas a un curso de subtitulado que cuesta 100 € y al hacerlo te das cuenta de que no te gusta subtitular, el drama será mucho menor que si te has gastado 2000 € en un máster de traducción audiovisual. Además, el día de mañana siempre podrás demostrar que sabes subtitular porque hiciste ese curso. 🙂

4. Piensa en el tiempo que puedes invertir (sin dramas de por medio)

El otro factor que va ligado al dinero es el tiempo y en este caso es también muy importante. Un máster requiere dedicar mucho tiempo y esfuerzo a quien lo hace, hasta el punto de que muchos alumnos tienen que dejar sus respectivos trabajos temporalmente o desatender otras actividades que eran importantes para ellos. El problema es que mucha gente cree que va a poder compatibilizar el máster con todo lo demás y luego se van dando cuenta de que no dan abasto —con los dramas correspondientes—. Por eso es fundamental que antes de dar el paso estimes si realmente dispones del tiempo necesario para hacer un máster, o si en cambio sería más adecuado para ti hacer un curso flexible que puedas compatibilizar con lo que ya tienes en marcha. 🙂

Conclusión

Como digo en el vídeo, cada caso es un mundo así que debes ser tú quién ponga sobre la mesa todas tus dudas y te pongas manos a la obra para resolverlas o al menos arrojar un poco de luz para no tomar una decisión a ciegas. Un máster es desde luego una opción mucho más completa que un curso, pero solo deberías hacerlo si realmente te va a aportar un plus para conseguir el trabajo que buscas o para cubrir las carencias que has detectado que tienes en tu breve experiencia profesional. Un curso, en cambio, es una opción mucho más económica y menos exigente en cuanto al tiempo que tendrás que invertir, por lo que es una opción ideal si quieres saber más sobre una especialidad concreta que te atrae. Por último, no descartes hacer unas practicas o intentar trabajar durante un tiempo en plantilla o con algún colega traductor para así probar el oficio y asegurarte de si realmente te gusta o no. 🙂

No quiero despedirme sin antes recomendarte los vídeos que publicamos en el canal de Traduversia sobre varios másteres de traducción y sobre nuestros cursos de traducción (autobombo ON), que casualmente están rebajados en estos momentos (autobombo OFF). 😛 ¡Y no olvides suscribirte y enviarnos alguna pregunta para futuros vídeos del consultorio!

¡Hasta la próxima! 🙂

Últimamente, he observado que al terminar la carrera de traducción e interpretación no son tantos los recién licenciados que se plantean seriamente la posibilidad de darse de alta como traductores autónomos, una opción que, incluso, muchos suelen valorar como poco fiable, inestable e inadecuada para adentrarse al mercado profesional. Si bien es cierto que, en general, hay mucha gente que estudia traducción e interpretación para dedicarse a la docencia de idiomas o como puente hacia otros empleos o disciplinas, la realidad es que la salida de autónomo no termina de estar bien vista.

En concreto, hay dos comentarios que suelo escuchar muy a menudo y con los que no termino de estar del todo de acuerdo:

(1) «Los autónomos tienen muchos gastos»

Suele decirse que ser autónomo en España es poco menos que una odisea por los gastos que se deben afrontar. Y mentira no es. El sistema actual de tributación obliga a los autónomos a pagar una cuota cuya base mínima está actualmente fijada en unos 262 euros mensuales. Una cuota que, en su mayoría está destinada a pagar la Seguridad Social y que suele aumentar cada año un pequeño porcentaje a causa de la inflación. A esta cuota hay que «sumar» las liquidaciones de IVA trimestrales («sumar», entre comillas, porque el IVA en realidad es una cantidad que no debería contarse como ingreso, pero en la práctica casi todo el mundo intenta arañar todo el IVA que pueda desgravando gastos para así sacar más ingresos).

Autonomo

Por otro lado, cuando empiezas como autónomo, tienes que hacer una serie de inversiones para montar tu propia oficina, como recientemente nos ha contado Merche García Lledó en su blog Traducir&Co. Por suerte, los traductores autónomos trabajamos desde casa, así que no tenemos por qué pagar un local o una oficina como suele ocurrir en otros negocios. Pero sí es muy conveniente invertir en mobiliario (una buena mesa, una buena silla y unas buenas cajoneras para almacenaje) y en equipamiento informático y ergonomía, sobre todo si vamos un poco escasos de equipo. Afortunadamente, esas inversiones iniciales puedes declararlas como gastos en el primer trimestre para de alguna manera recuperar parte de la inversión (si no sabes por dónde empezar, quizá te interese este curso de mi colega Pablo Muñoz).

Hasta ahí bien. Como he dicho antes, no es mentira que los autónomos tenemos gastos, pero no considero que sea excusa suficiente como para no aventurarse o como para descartar esta opción. Lo que más me molesta de todo esto son los prejuicios y la condescendencia negativa que tiene mucha gente con los autónomos. Como si los autónomos estuvieran siempre en la cuerda floja o como si no fueran capaces de subsistir.

Y es que, desgraciadamente, todavía hay quien piensa que los autónomos desempeñamos trabajos poco dignos o que hacemos cuatro cosas en casa para sacarnos unos ahorrillos, como si no tuviéramos un trabajo de verdad. Por suerte esto es algo que creo que poco a poco va cambiando (llamadme optimista), ya que si bien es cierto que ser autónomo puede llegar a ser diferente a trabajar como asalariado (esto depende de la profesión), en teoría todos contribuimos económicamente de un modo u otro a las arcas del estado, y personalmente puedo dar fe de que conozco a muchos autónomos que llevan una vidorra que ya quisieran llevar muchos funcionarios.

En definitiva, creo que es necesario romper con estos prejuicios porque no nos ayudan en nada y, además, creo que pueden generar miedo o rechazo en los jóvenes que tengan la ilusión de trabajar por cuenta propia como traductores o en cualquier otro empleo que puedan desarrollar desde casa.

(2) «Es mejor empezar en plantilla y luego hacerse autónomo»

Creo que todos hemos escuchado este comentario antes o después de la boca de algún colega, compañero, amigo o estudiante con la lección bien aprendida. Lo cierto es que no es un mal consejo, y probablemente la mayoría coincidamos en que quizá sea verdaderamente lo mejor. Pero eso no significa que un recién licenciado no pueda dar el salto al mundo freelance al poco tiempo de acabar la carrera. Eso fue lo que hice yo y, aunque debo reconocer que por momentos se hace bastante duro porque vas aprendiendo a base de palos, lo cierto es que no veo que sea algo descabellado o desaconsejable para los jóvenes.

Eso sí, para ello convendría asesorarse bien e incluso formarse para evitar un fracaso provocado por la inconsciencia o la ignorancia de la profesión, del mercado y de la fiscalidad de los profesionales autónomos. En tal caso, es recomendable buscarse a un buen gestor o una buena asesoría e, idealmente, tener cerca a un par de compañeros traductores con experiencia que puedan echarte una mano en un momento dado, o incluso actuar como revisores de tus proyectos. Es cierto que eso hará que ganes menos al principio, pero te garantizo que te ahorrarás muchos disgustos y aprenderás mucho de los profesionales de los que te rodees.

Ventajas reales

En mi opinión, toda esa bola de negatividad y pesimismo, llena de prejuicios, que gira en torno a los traductores (y profesionales) autónomos oculta buena parte de las ventajas reales que puede llegar a tener esta salida. Aquí van algunas:

  • Puedes trabajar desde casa.
  • No tienes jefe y eres libres para tomar tus propias decisiones.
  • Puedes desgravar IVA e inversiones que hagas en tu trabajo.
  • Ganas más por los proyectos que realizas que si trabajaras en una empresa como asalariado.
  • Puedes ser flexible con tu tiempo e incluso tomarte algún día libre si lo necesitas (aunque esto también tiene su parte negativa).
  • Si eres joven, esta puede ser una buena forma de adquirir experiencia y salir del círculo vicioso de «no trabajo porque no tengo experiencia, y no tengo experiencia porque no trabajo».
  • Y lo más gratificante de todo, inviertes tu tiempo, esfuerzo y dinero en tu propio proyecto personal. Porque, aunque es cierto que los traductores autónomos pueden trabajar para muchos clientes, también trabajan para sí mismos.

Inconvenientes reales

Pero por desgracia, no todo son ventajas y también hay que lidiar con una serie de inconvenientes:

  • Pagas una cuota mensual destinada a pagar tu Seguridad Social. Actualmente la cuota básica está en unos 265 euros, pero desde la aprobación de la Ley de Emprendedores los jóvenes que se den de alta pueden beneficiarse de una tarifa plana especial y pagar 50 euros durante los 6 primeros meses con subidas progresivas de la cuota cada 6 meses.
  • Eres tu propia empresa y tienes que buscarte a tus propios clientes, y al principio cuesta muchísimo hacerlo. A este respecto, ayuda mucho acudir a eventos profesionales para hacer contactos y conseguir una buena visibilidad en Internet, para lo cual probablemente tendrás que invertir tiempo en crear tu propia marca personal y una página web profesional. Pero son cosas a las que tendrás que dedicarles tiempo adicional.
  • Solo cobras cuando trabajas. Por tanto si te pones enfermo o necesitas unos días de vacaciones, tendrás que renunciar a tus ingresos habituales. Por ello es muy recomendable hacer una buena planificación económica, ahorrar y tener un buen colchón por si en algún momento las cosas se tuercen.
  • Si trabajas en casa, es fácil dispersarse, coger malos vicios o distraerse con otras tareas domésticas si no eres disciplinado y gestionas bien tu tiempo.

Vale, ¿pero merece la pena o no?

Lo que está claro es que, según hemos podido ver, darse de alta como autónomo puede ser una opción más que factible (con sus ventajas e inconvenientes) y muy digna por la que se puede optar al terminar la carrera. Eso sí, es una salida más cuyo éxito dependerá, muy probablemente, de hacer un buen planteamiento para conseguir clientes y crecer de manera progresiva con una rentabilidad adecuada. Conviene trazar un plan de actuación y asesorarse para no meter la pata. Por otro lado, la introducción de la tarifa plana para jóvenes autónomos ayuda bastante a que los recién licenciados puedan dar el paso y marcarse el objetivo de crecer de forma progresiva para ir cubriendo las subidas de la cuota. 50 euros al mes es una cantidad que se puede cubrir fácilmente mensualmente  y que no supone demasiado esfuerzo si dispones del apoyo de tu familia o si has conseguido ahorrar un poco de dinero por tu cuenta. Si, además, ya cuentas con algún cliente con el que puedas trabajar nada más darte de alta, entonces mejor aún.

La decisión final, por supuesto, depende de ti y de tus ilusiones y ambiciones. A priori es difícil saber si una decisión así merecerá la pena o no, pero soy optimista y te digo que, si te lo montas bien, puedes vivir estupendamente trabajando desde casa (eso sí, no creo que te vayas a hacer millonario, pero quizá sí te dé para emanciparte al cabo de un tiempo). Por otro lado, también hay muchos compañeros que prefieren trabajar en plantilla a ser autónomos porque creen que es mejor (tienes un horario fijo, fichas al entrar y al salir y cuando sales de trabajar por lo general te olvidas).

Yo conseguí establecerme como autónomo en apenas un año y pico (¡y hasta me emancipé mucho antes de lo que pensaba!), así que he tenido bastante fortuna en muchos aspectos, pero hay muchos compañeros que no lo han conseguido o que, incluso, habiéndolo conseguido, al final no han podido aguantar y han tenido que dejarlo por diferentes motivos. Esto es algo que, si eres novato, conviene que sepas, ya que ser traductor autónomo puede ser el mejor trabajo del mundo, pero aún con una buena planificación puede ocurrir que las cosas salgan mal, así que conviene no confiarse demasiado incluso en los momentos en los que todo vaya bien. Como suele decir nuestro colega Xosé Castro (@xosecastro), los clientes hay que buscarlos con la barriga llena, y no cuando las cosas van mal.

Para cerrar, hago un llamamiento general a todos aquellos que no sean traductores y hayan leído esta entrada por la curiosidad del título. No compadezcáis (más) a los (traductores) autónomos que trabajan desde casa. Porque, aunque lleven el mismo chándal desde hace unos días y huelan mal (algo que no suele ocurrir :mrgreen: ), es posible que ganen más que tú. 

¡Hasta la próxima entrada!