Recientemente he tenido el enorme placer de ver la película Good Morning, Vietnam (1987), protagonizada por el fallecido Robin Williams, a quien tanto echamos de menos en su faceta de actor cómico. Reconozco que siempre he tenido debilidad por él, sobre todo por otras películas célebres como El indomable Will Hunting (1997), El club de los poetas muertos (1989) o la mítica Señora Doubtfire (1993).

A pesar de que Williams demostró ser un actor polifacético a lo largo de su carrera —no hay más que ver por ejemplo su papelón en la película Despertares (1990), con un sorprendente Robert de Niro a su lado—, este siempre destacó por su faceta cómica y por encarnar a personajes extravagantes y divertidos en numerosas películas. Por eso, los guiones e interpretaciones de sus personajes siempre estuvieron plagados de chistes, bromas, imitaciones y juegos de palabras cuya traducción presentaba siempre numerosos retos.

Tráiler de Good morning, Vietnam!

Uno de los mayores exponentes de su humor es, precisamente, el personaje al que interpreta en Good Morning, Vietnam: Adrian Cronauer. En la película, Cronauer es un locutor de radio del ejército estadounidense al que destinan a Saigón (Vietnam) para hacerse cargo de un programa de radio en la emisora de una base militar. Su objetivo no es otro que el de entretener y animar a los soldados destinados allí para elevar la moral de la tropa. Por supuesto, lo consigue gracias a su estilo original y desenfadado, pero no sin irritar a los altos mandos, obsesionados con la censura y lo políticamente correcto.

No quiero desvelar toda la trama de la película, pues es posible que no la hayas visto —en ese caso, no sé a qué estás esperando para verla—, pero sí quiero aprovechar para hacer un pequeño análisis comparado con fines didácticos de la traducción del humor de algunas líneas de la película, pues creo que se puede aprender mucho de ellas.

Sin duda la más impactante es la primera retransmisión (a partir del minuto 11 de la película, por si la quieres buscar en Netflix, Amazon Prime o en tu tele a la carta), en la que presenciamos por primera vez el peculiar estilo de Cronauer. Si hacemos un visionado comparado, veremos la cantidad de problemas que presenta este primer programa, con líneas como las siguientes.


(A partir del minuto 11)

VERSIÓN ORIGINAL

Good morning, Vietnam! Hey, this is not a test. This is rock and roll.

Time to rock it from the delta to the DMZ!

Is that me, or does that sound like an Elvis Presley movie?

Viva Da Nang. Oh, viva, Da Nang…

VOSE

¡Buenos días, Vietnam!

No, esto no es un ensayo,

sino rock’n’roll.

La hora del rock

desde Delta a DMZ.

¿Suena a película de Elvis Presley?

Viva Da Nang,

Viva Da Nang

VERSIÓN DOBLADA

Good morning, Vietnam! No, esto no es una prueba de micro.

¡Esto es rocanrol, a rocanrolear desde el Mekong a Da Da Da Nang!

¿Soy yo o suena a película de Elvis Presley?

Viva Da Nang, Viva Da Nang…

Comentario: En esta parte lo que más sorprende es el cambio de DMZ por Da Da Da Nang. «DMZ» es la sigla de «zona desmilitarizada» en inglés (demilitarized zone). En la versión doblada se hace una ingeniosa adaptación aprovechando que Da Nang es una ciudad de Vietnam. Posteriormente Cronauer canta Viva Da Nang, que es claramente una ridiculización de la canción Viva Las Vegas de Elvis Presley. También sorprende que en la versión doblada mantuvieran ese «Good morning, Vietnam!» en inglés, mientras que en la versión subtitulada sí se tradujo por «Buenos días, Vietnam». Digo que me sorprende porque, sin llegar a parecerme un error, creo que contrasta con la decisión de adaptar DMZ solo unos segundos más adelante.


VERSIÓN ORIGINAL

Hey, is it a little too early for being that loud? Hey, too late.

It’s O six hundred. What’s the “O” stand for? Oh, my God, it’s early.

Speaking of early, how about that Cro-Magnon, Marty Dreiwitz?

Thank you, Marty, for “silky-smoothsound.” Make me sound like Peggy Lee.

VOSE

¿Demasiado pronto para cachondeos?

Demasiado tarde.

Son las 06.00. ¿Por qué el cero?

¡Dios mío, qué madrugón!

¡Y qué puntazo, Marty Dreiwitz!

Gracias por lo de “suave”.

Van a pensar que soy Peggy Lee.

VERSIÓN DOBLADA

¡Ey! ¿Demasiado pronto para cachondeo? ¡Eh! ¡Demasiado tarde!

 Son las seis en punto. ¿Y para qué quiero el punto? Punto final, volvemos a la cama.

Y hablando de cachondeo, ¿qué me decís de nuestro «Martini» Dreiwitz?

Gracias, Marty por lo de la voz sedosa y suave. Parezco Julie Andrews.

Comentario: Lo más destacable de este fragmento es el cambio de Julie Andrews por Peggy Lee en la versión doblada. Este es uno de los clásicos casos de adaptación por neutralización en los que se cambia a un personaje por otro más conocido para el público meta. Si esto te ha sonado a chino, échale un vistazo a este vídeo en el que te explico algunas estrategias de adaptación. También es ingenioso el cambio del “0” al “punto” cuando menciona la hora y el añadido de «Martini» al nombre de Marty, que funciona como reemplazo humorístico de “Cro-Magnon”, que no aparece en la versión doblada por ninguna parte (un buen ejemplo de que a veces basta con traducir el humor de manera funcional). Por último, la versión subtitulada destaca por ser más fiel al original y más escueta, puesto que, una vez más, en este fragmento Cronauer habla muy deprisa.


(A partir del minuto 14)

VERSIÓN ORIGINAL

S: You know, he’s really funny. You know, he’s like a Marx brother.

T: Which Marx brother would that be, Private? Zeppo? I don’t find him funny at all.

S: Zeppo? Isn’t he the one with the hat?

VOSE

S: Tiene mucha gracia.

Es como uno de los hermanos Marx.

T: ¿A cuál de ellos se refiere?

¿Herbert?

Yo no le veo la gracia.

S: ¿El del sombrero?

VERSIÓN DOBLADA

S: ¿No le parece que tiene mucha gracia, señor? Es como una especie de hermano Marx.

T: ¿A cuál de los hermanos Marx se refiere? ¿A Carlos? La verdad, yo no le veo la gracia.

S: ¿Carlos no es el del sombrero?

Comentario: Esta no es una broma de Cronauer, sino una reacción de dos personajes que lo escuchan (un soldado y su teniente). Lo más destacable de este fragmento es ver cómo varía el nombre del supuesto hermano Marx según la versión. Mientras en la versión original preguntan por Zeppo, en la subtitulada cambian a Herbert, que era el nombre real de Zeppo —los hermanos Marx tenían un nombre artístico—. Sin embargo, en la versión doblada el cambio es aún mayor, pues usan el nombre de Carlos, que curiosamente no se corresponde con el nombre de ningún hermano Marx. Aquí el chiste está en apuntar a Karl Marx (Carlos), que nada tenía que ver con los hermanos Marx, salvo por la coincidencia del apellido. De ahí el chiste. 🙂


(A partir del minuto 15:50)

VERSIÓN ORIGINAL

This is AFVN, rockin’ya from the delta to the DMZ.

AFVN better than AFVD, which means you have to get a quick shot. We’re movin’ on right now.

VOSE

Aquí Radio Fuerzas de Saigón,

rock’n’roll del Delta a DMZ.

RFAS. Mejor que RFIN.

Seguimos.

VERSIÓN DOBLADA

¡Aquí Radio Fuerzas Armadas de Saigón, rocanroleando desde el Mekong a Da Da Da Nang!

Es mejor Radio Saigón que Radio «Saigonorrea», si no, ven aquí, penicilina. Gracias. Vuelta de página.

—–

Comentario: Sin duda, los cambios más divertidos y acentuados son los que pueden apreciarse en la versión doblada. Ese chascarrillo con «Radio Saigonorrea» es realmente ingenioso hasta el punto de que puede llegar a mejorar la versión original. Por otro lado, se aprecia como en los subtítulos se prescinde prácticamente de la broma, probablemente por falta de espacio o tiempo, ya que Cronauer habla demasiado deprisa y ya sabemos que los subtítulos tienen limitaciones en velocidad de lectura (CPS) y extensión (CPL).


(A partir del minuto 16)

VERSIÓN ORIGINAL

Here’s a little riddle for you. What’s the difference between the Army and the Cub Scouts?

Cub Scouts don’t have heavy artillery.

VOSE

¿Qué les diferencia a una panda

de exploradores de un soldado?

La artillería.

VERSIÓN DOBLADA

¿Qué diferencia hay entre el ejército y un colegio de curas?

Que en los colegios de curas no hay artillería.

Comentario: En este fragmento, el problema está en la traducción del culturema «Cub Scouts». Mientras en la versión subtitulada se opta por una solución más fiel al original, en la versión doblada se recurre a una sorprendente adaptación en pro del humor. En este último caso, una vez más, prima la funcionalidad por encima de la fidelidad al guion.


A partir del minuto 16:50

VERSIÓN ORIGINAL

(Cronauer imitando a Gomer Pyle) Those girls are just so pretty.

(Cronauer) Gomer, are you here in Vietnam?

(Cronauer imitando a Gomer Pyle) “Yes, I am. Surprise, surprise, surprise!”

(Cronauer) Lyndon, why did you name your daughter “Lynda Bird“?

(Cronauer imitando a Lyndon Johnson) Cause Lynda Dog would be too cruel. Easy, girl, easy.

You know, if you pick ‘em up by their ears, it doesn’t hurt ‘em as much.

(Cronauer imitando a Gomer Pyle) “Oh, you’re goin’ straight to hell for that one!

VERSIÓN SUBTITULADA

¡Qué chicas tan guapas!

Gomer, ¿estás en Vietnam?

– Pues sí.

¡Sorpresa! ¡Sorpresa!

¿Por qué le puso

a su hija Monalinda?

Perralinda sería demasiado cruel.

Tranquila, chica.

Puede cogerle de las orejas.

No le duele.

Irás directamente al infierno por esto.

VERSIÓN DOBLADA

– Las chicas de aquí son tan guapas…

– (Imitando al oso Bubu) Yogui, ¿estás en Vietnam?

– (Imitando al oso Yogui) ¡Ya lo creo! ¡Sorpresa, sorpresa, sorpresa!

– (Cronauer) Presidente Johnson, ¿por qué le puso Lynda a su hija?

– (Imitando a Lyndon Johnson) Hubiera sido muy cruel ponerle Cacatúa. Ah, calla, nena, calla. Al verla decidí hacer la guerra y no el amor.

– ¡Irás directo al infierno por eso Cronauer!

Comentario: Este fragmento es complejo a muchos niveles. Por un lado, Cronauer imita a varios personajes en cada intervención. Lo más sorprendente es como en la versión original imita a Gomer Pyle, un conocido personaje de la televisión americana que se caracterizaba por su simpleza y su peculiar forma de hablar —una especie de Forrest Gump, para que te hagas una idea rápida—. En la versión doblada optaron por una solución, de nuevo, muy ingeniosa: reemplazar el tono de voz bobalicón de Gomer Pyle por el del oso Yogui, muy conocido por la generación adulta de los 80 —yo mismo recuerdo haber oído a mis tíos y a mis padres bromear con el oso Yogui cuando era pequeño—.

También destacan en este fragmento las distintas soluciones que se aportan para el chiste sobre la hija de Lyndon Johnson. Para entender el chiste por completo, hay que saber que a la mujer del ex presidente la llamaban «Lady Bird». De ahí viene todo el juego que se produce en la versión original. Por eso, en la versión doblada cambian al nombre de un pájaro (cacatúa), una solución bastante ortodoxa y acertada en este caso. En cambio, en la versión subtitulada hacen un juego de palabras entre el nombre de la hija (Lynda Bird) y otros animales (mono y perro), de manera que se traduce por Monalinda en la primera ocasión y por Perralinda en la segunda. Soluciones funcionales, equivalentes y, lo más importante, divertidas. 🙂


(Justo después del fragmento anterior)

VERSIÓN ORIGINAL

Watch out o’er there!” Here’s an incredible coincidence.

Ho Chi Minh, Colonel Sanders… actually the same person?

VOSE

Escuchad atentamente.

¿Son Ho Chi Minh y el coronel Sanders

la misma persona?

VERSIÓN DOBLADA

Sondeo de opinión.

¿Es cierto que Ho Chi Minh es Bette Davis después de un lifting?

Comentario: En este fragmento sorprende el reemplazo del Coronel Sanders por Bette Davis (después de un lifting, juas), aunque la broma se mantiene y sigue siendo divertida. Probablemente se tomó esta decisión porque el Coronel Sanders —fundador de Kentucky Fried Chicken— no era tan conocido en España en aquella época como en Estados Unidos. Quizá si la película se hubiera publicado hoy no habría sido necesario llevar a cabo esta adaptación, pues el Coronel Sanders es mucho más conocido ahora —de hecho su rostro está en todos los establecimientos de KFC que hay repartidos por España, pues lo usaron para su logotipo—.


 

Las intervenciones anteriores son solo fragmentos del primer programa de Cronauer y están condensadas en solo 5 minutos de metraje, así que no llego a imaginarme lo difícil que tuvo que ser traducir y adaptar también el resto de la película (dura 2 horas). De hecho, hay varias escenas divertidísimas en las que Cronauer hace de profesor de varios vietnamitas a los que enseña inglés (en la versión doblada lo cambian a español, claro) que están plagadas de ejemplos como los anteriores (¿quizá para otra entrada?).

Buena parte del mérito recae en la traductora para doblaje, Joanna Stier que, en general, creo que aportó soluciones muy interesantes. También creo que el/la traductor/a de los subtítulos lo hizo bastante bien, aunque desgraciadamente no he podido averiguar quién los hizo (en la versión de Netflix, que es la que he consultado yo).

En cualquier caso, creo que las traducciones tienen mucho mérito, sobre todo en el caso de Joanna, que llevó a cabo su traducción en una época en la que apenas había formación especializada en traducción audiovisual y en la que no abundaban artículos o papers en líneas como la traducción del humor en productos audiovisuales, por lo que intuyo que no tuvo muchos recursos teóricos en los que apoyarse. También hay que felicitar, por supuesto a todos los profesionales de la cadena de doblaje (actores, director, ajustador, etc.), que sin duda hicieron un gran trabajo para adaptar toda la película en general y las intervenciones de Robin Williams en particular (mención especial para Jordi Brau, actor que grabó la voz de Cronauer en español).

No quiero terminar la entrada sin mencionar la que, para mí, es una de las traducciones más ingeniosas de esta película. En uno de los momentos más tensos del film, el sargento mayor le echa una buena reprimenda a Cronauer por sus inapropiados programas. La conversación transcurre de la siguiente manera.

VERSIÓN ORIGINAL

Sergeant Major: You better not even come within range of anything that happens… or your ass is grass, and I’m a lawn mower. Am I being fairly clear?

Cronauer: Yes, sir.

SM: “Sir”? Do you see anything on this uniform indicating an officer? What does three up and three down mean to you, Airman?

C: End of an inning?

SM: Sergeant Major.

VERSIÓN DOBLADA

SM: Más vale que no se meta en ningún lío. Más vale que procure alejarse de cualquier problema. O despídase de lo que le cuelga entre las piernas. ¿Me he expresado con suficiente claridad?

C: Sí, señor.

SM: ¿Señor? ¿Ve algo en esta insignia que denote algo de oficial? Diga, ¿qué le sugieren las rayas que llevo en la manga?

C: Una agencia Citröen.

SM: Que soy sargento mayor.

Esta no la comento, pues vale más una imagen que mil palabras. 🙂

Hasta aquí la entrada. Si te ha gustado o quieres hacer algún aporte de esta película —seguro que hay más problemas y chistes que comentar (de hecho, no he comentado nada de las versiones latinas)—, te animo a que dejes un comentario y a que la compartas con tus contactos. Y si te has quedado con ganas de más, te recuerdo que imparto un curso de traducción de guiones para doblaje en Traduversia y dos de subtitulado en los que encontrarás lecciones y ejercicios comparados similares a estos de Good morning, Vietnam. Aquí abajo te dejo los enlaces.

Gracias por dedicar unos minutos de tu tiempo a leer la entrada. ¡Hasta la próxima! 🙂

Esta entrada la escribo un poco a modo de desahogo, aunque también con el objetivo de compartir una serie de sensaciones que sé que también les ocurren a muchos colegas, tanto a los que son traductores como a los que no. También lo hago con el objetivo de compartir algunos consejos que yo trato de poner en práctica en mis presentaciones y que, a menudo, me funcionan. Algunos de ellos, vaya la verdad por delante, los descubrí en un libro que no me canso de recomendar y que ya he mencionado en alguna entrada anterior: Presentation Zen.

El miedo escénico, ¿qué es y cómo se percibe?

El miedo escénico es un mal que afecta a muchos profesionales. Yo reconozco que es algo que padezco en mayor o menor medida cada vez que me toca ponerme delante de una audiencia. A menudo las sensaciones varían atendiendo a diversos factores, como el nivel de cercanía con la audiencia (básicamente, si en el público hay gente conocida o no), la preparación del discurso (por supuesto que siempre intentamos preparar todo a conciencia, pero no siempre tenemos el tiempo deseado para hacerlo), el dominio del tema sobre el que exponemos (no siempre se habla de cosas sobre las que uno es experto), la agilidad mental que tienes en el momento en el que te toca hablar (hay veces que, simplemente, no tienes el día), el grado de concentración (influyen muchos factores en esto, desde ruidos ambientales a los niveles de estrés del ponente), la capacidad para conectar con el público (no siempre se consigue la química deseada con los presentes) o, incluso, los niveles de cafeína en sangre (a mí por ejemplo, un par de cafés me convierten en la persona más hiperactiva del lugar), entre otros muchos factores.

Traduemprende 2012. Mi primera vez delante de una audiencia «traductoril». Sobreviví.

¿Qué sensaciones suelen experimentarse?

A modo de ejemplo, describiré una serie de sensaciones con las que seguramente podrás identificarte si alguna vez has hablado delante de una audiencia:

El día «D» a la hora «H», tras pasar una noche entera sin dormir, te presentas en la sala en la que darás tu charla. Después de escuchar el resto de ponencias en las que, nervioso, retorcías el bolígrafo y repasabas mentalmente tu charla, llega tu turno. Subes al escenario, te presentan, te dan la palabra y… cuando miras al público, empiezas a ver las señales de lo que yo llamo el «apocalipsis ponente»: caras desencajadas, cabezas sumergidas en pantallas, bostezos infinitos, grupitos de asistentes hablando entre ellos —¿por qué siempre hay gente incapaz de comportarse?—, gente que entra o sale de la sala sin sigilo alguno… Vamos, lo habitual. Total, tú, que quieres ser profesional, aceptas el reto y decides seguir adelante a pesar del caos nervioso que ya se extiende por todo tu cuerpo.

Comenzada la charla, llegas al clásico punto de inflexión que toda charla debe tener: ese en el que el objetivo es romper el hielo o, en el mejor de los casos, ganarse al público —sobre todo si este anda distraído, como es el caso—. Así es que procedes, haces tu chiste, chascarrillo o comentario ingenioso y ocurre lo que ya te venías temiendo. El silencio. El drama. Y tu desánimo es tal que ves pasar por la sala un estepicursor rodante que te desarma y hunde tu optimismo en la miseria.

A partir de ahí, la cosa no solo no mejora, sino que incluso va empeorando. Notas que la gente no muestra interés, se acrecientan las miradas perdidas, los bostezos casi se te contagian a ti también o —una de las peores sensaciones— empiezas a percibir comentarios entre asistentes que te llevan a un estado mental de paranoia (¿estarán hablando de mí?).

Todo se hace muy cuesta arriba, pero, claro, tú que quieres ser profesional, decides hacer caso omiso de todo eso y sigues adelante, así que pones el automático y das tu charla sin lograr esa química que tanto anhelabas tener con el público. Diapositiva de agradecimiento, tímidos aplausos y… ¡hasta la próxima!

A partir de ahí, llegan las preguntas: ¿Qué ha pasado? ¿Por qué las cosas no se han dado como yo quería? ¿Qué he hecho mal? ¿Soy yo o es el público?

Las respuestas pueden ser de lo más variadas y no siempre es fácil saber las causas, pues influyen muchos factores (no solo el factor del miedo escénico o los nervios). Cada caso es un mundo, pero lo cierto es que esta experiencia que os he contado bien podría ser la crónica estándar de muchas charlas. De hecho, a mí me ha ocurrido en varias ponencias —y todavía me sigue ocurriendo—, por eso puedo describir todas esas sensaciones con tanto detalle.

Bien es cierto que, luego, a cada uno el miedo escénico se nos presenta de una manera distinta y que hay personas a las que les afecta más. Por ejemplo, hay a quien le sudan o tiemblan las manos, a quien le tiembla la voz, quien se queda en blanco en frente de la audiencia o quien divaga sin conseguir recuperar el hilo de lo que estaba diciendo, por citar algunas consecuencias de lo que nos puede llegar a ocurrir.

Algunos consejos para superar el miedo escénico

Entonces… ¿Qué podemos hacer para combatir estas sensaciones? ¿Se puede vencer al miedo escénico? ¿Podemos hablar en público aunque sintamos nervios o, en el peor de los casos, pavor? Yo opino que sí, pero es algo que requiere tiempo y mucho esfuerzo. Hay cursos específicos sobre este tema y hasta asignaturas del plan de estudios de la carrera de traducción en las que se habla de esto. De hecho, recuerdo que, en su momento, recibí unas nociones de oratoria muy útiles en interpretación consecutiva e interpretación simultánea en la FTI de la UGR.

Además de esto, también está la opción de formarse de manera autodidacta. Para eso, nada como los libros. Además del ya citado Presentation Zen, también he leído otros libros que me parecen muy recomendables como El arte de cautivar (de Guy Kawasaki), Saber conversar o Saber qué decir (estos dos de Debra Fine) que, aunque se centran en cómo mejorar nuestras interacciones con los demás, son muy útiles para mejorar nuestras destrezas comunicativas, lo que puede ayudarnos también a desenvolvernos mejor delante de una audiencia.

Hechas las recomendaciones de estos libros —que considero, de verdad, imperdibles—, aquí van mis verdaderos aportes. Un compendio de consejos, trucos y reflexiones que espero que te ayuden a superar todas esas sensaciones descritas anteriormente, o al menos a mejorar de cara al público. 🙂

1. Aprende a mantenerte concentrado pase lo que pase

Esto es algo que aprendí gracias a mi afición por la música y a los años en los que toqué en grupos y di conciertos. Todo buen músico que se precie sabe que, en el escenario, si en algún momento piensa en el éxito o en el fracaso, ya habrá fallado, ya que al hacerlo habrá perdido su concentración. Pues bien, al ponente le ocurre lo mismo, no debe dejarse influir por lo que le rodea. Debe pensar que es como un espadachín que debe mantenerse concentrado en todo momento para evitar que su rival le toque. De hecho, cuanto más profundo sea el estado de concentración que alcances, más difícil será que los elementos externos te afecten y, en consecuencia, cometer algún error.

Esgrima. Imagen con licencia Creative Commons.

En definitiva, debes ser consciente de que pueden pasar mil cosas cuando estás en un escenario, pero, a la hora de la verdad, debes ser tú, tu cabeza y tu charla. Por supuesto que no puedes olvidarte nunca del público ni de tu entorno, pues son dos elementos más que están ahí, pero estos deben influirte en la justa medida.

2. No busques la aprobación del público, no la necesitas

Una de nuestras máximas preocupaciones cuando estamos en el escenario es si nuestra charla gustará a los asistentes. Es genial tener esta preocupación, pues denota que realmente nos preocupa el efecto que pueda tener nuestro discurso en el público. Pero, por experiencia, conviene no obsesionarse demasiado con él, sobre todo si lo percibimos frío, ya que eso puede afectarnos y llevarnos al error.

En mi opinión, debemos pensar en el público como un termómetro. Si notamos que esta demasiado frío, seguramente debamos hacer algo para llamar un poco su atención. Si notamos que está demasiado excitado, tal vez sea el momento de poner ese vídeo o de hacer esa lectura que llevabas en la recámara para calmar un poco el ambiente. Jugar con esta temperatura es complicado y requiere bastante experiencia, pero es algo que se aprende con el tiempo. Sin embargo, aun con esa experiencia, sigue siendo un factor complicado y, al final, te das cuenta de que es un aspecto que no se puede controlar nunca al 100 %.

No obstante, tampoco debemos obsesionarnos con las reacciones de los asistentes. De hecho, si nos centramos demasiado en el público, puede ocurrir que perdamos la concentración o el hilo de lo que estamos diciendo. Por eso también debemos desarrollar la capacidad de ser inmunes y desconectar en ciertos momentos —ojo, pero sin ignorar, simplemente como medida de seguridad para mantenernos concentrados—. Por ejemplo, recuerdo alguna que otra charla de localización en la que noté que la gente se me aburría, pero realmente no había mucho que yo pudiera hacer al respecto, puesto que el tema era el que era y, además, era una de las peores horas del día —ya casi al final de la jornada—. En casos así, es mucho mejor poner el automático y tirar para adelante que rayarte con el bostezo de la chica de la tercera fila.

Si volvemos al ejemplo de la música, es fácil encontrar en la historia actuaciones musicales de grandes grupos que no terminaron de cuajar con su público. Por ejemplo, se dice que Led Zeppelin —grupo que me apasiona— apenas lograba levantar aplausos en sus primeras actuaciones a finales de los 60 en Escandinavia (se dice que era porque el público aún no entendía su música), pero eso no fue motivo para que dejaran de tocar o para cambiar su estilo a lo que el público esperaba. Todo lo contrario, continuaron haciendo su música y el éxito les vino más adelante. Pues bien, al ponente le puede ocurrir algo parecido, tal vez la charla que esté ofreciendo no esté generando demasiado interés o no esté siendo muy apreciada, pero no por eso hay que venirse abajo o ponerse a improvisar chistes sobre la marcha. Todo lo contrario, es mejor seguir el plan y pensar que ya vendrán charlas mejores.

En conclusión, debemos pensar que el público solo es un elemento más de tantos que están participando en el proceso comunicativo y darle el peso que merece, sin ignorarlo y sin obsesionarnos con él.

3. Ten claro tu propósito como ponente

Este es otro de los puntos sobre los que más he reflexionado en estos años. Todos tenemos una idea o un concepto de cómo debería ser la charla ideal. Seguramente esta debería ser amena a la par que informativa. No obstante, encontrar ese equilibrio no siempre es sencillo. De hecho, hay ponentes que destacan por unos aspectos y otros que destacan por otros totalmente distintos. Así ocurre que a menudo encontramos ponentes a los que se les da muy bien la faceta humorística o la amenización de su discurso, pero quizá no tanto la parte más informativa, divulgativa o de investigación de su charla. O al contrario, puedes encontrarte a ponentes que investigan, aconsejan y ofrecen información de calidad, pero que no amenizan, divierten o entretienen. Es más, por experiencia, puede llegar a ocurrir que, teniendo un perfil u otro, haya charlas que queden muy divertidas y otras que queden muy académicas por la manera en la que se haya armado la charla o por el día que haya tenido el ponente.

Siguiendo con las confesiones, reconozco que a mí me han ocurrido ambas cosas. He dado charlas divertidas y con poca sustancia, y otras más académicas plagadas de información útil que acabaron aburriendo al respetable. Actualmente, después de darle tantas vueltas a este asunto, reconozco que me encuentro en una etapa en la que prefiero primar la información y la calidad de los aportes que puedo hacer por encima de cualquier chiste o broma, porque entiendo que lo verdaderamente útil para el público es la información y no tanto la risa. Por supuesto que si puedes informar de manera amena siempre se va a agradecer, pero no tiene por qué ser el objetivo.

Para seguir avanzando en este punto por tu cuenta, hazte las siguiente preguntas. ¿Cuál es el objetivo de mi ponencia? ¿Informar? ¿Enseñar? ¿Divertir? ¿Todo a la vez? Reflexiona e intenta inclinar la balanza del lado que más te interese según el tipo de charla que vayas a dar, el público que vayas a tener o tu manera de ser y tus cualidades. Esto último también es muy importante, dado que, si por ejemplo, no se te da demasiado bien hacer chistes, quizá sea mejor limitarlos e intentar amenizar la charla con otras estrategias (contando historias, usando recursos visuales, comentando curiosidades, etc.), y centrarte en los aspectos que verdaderamente le dan valor a tu charla (consejos, aportes, recomendaciones, fuentes, etc.). 🙂

4. Ensaya hasta que te sepas todo tu discurso de memoria, con y sin diapositivas

Y cuando acabes, sigue ensayando hasta que te lo sepas mejor que esa canción que tanto te gusta. La mejor forma de estar tranquilo en el escenario es tener claro en todo momento «qué viene ahora». A menudo, los momentos de mayor estrés que vive un ponente son esos en los que no recuerdas esa diapositiva que venía después o esa idea con la que tenías que enlazar.

No hay más que tirar de hemeroteca para ver grandes fiascos de, por ejemplo, presentadores de telediario que meten la pata solo porque no se acuerdan de esa línea que les servía de enlace con la siguiente noticia. En España es famoso el «pepino» de Beatriz Pérez Aranda, que en su momento dio la vuelta al país en todos los programas de zapping. Más allá de lo divertido de este error, si te detienes a analizarlo, verás claramente que en el fondo su error se produjo por no acordarse de la palabra «cohete», que era la que le servía de enlace con lo que venía después. Por cierto, Beatriz ha seguido presentando las noticias muchos años a pesar de ese error e, incluso, parece que le valió para ganarse la simpatía de muchos espectadores. 🙂

Personalmente, tengo claro que las charlas que mejor me han salido o de las que me he ido más satisfecho han sido aquellas que mejor he preparado y que más he ensayado. Por eso, el objetivo no debe ser solamente ensayar por ensayar, sino hacerlo de una manera analítica —por ejemplo, fijándote en aspectos como si la estructura de la charla es la correcta, si las ideas conectan bien, si las diapositivas están bien colocadas o si hay información prescindible— y con una puesta en escena realista a modo de simulación —si vas a dar la charla de pie, no la ensayes sentado delante del PC, hazlo de pie también y practica tus movimientos, gestos, cambios de diapositiva, etc.)—. Así, además de aprenderte toda la charla de memoria, conseguirás perfilar el resto de detalles que, aunque parezca que no tienen importancia, la tienen.

Por último, no olvides aplicar la Ley de Murphy, esa que dice que si algo puede salir mal, es probable que salga mal. Por eso lo mejor que puedes hacer es estar siempre preparado para la mayor hecatombe que te pueda ocurrir. Por ejemplo, si has decidido crear un PowerPoint para tu presentación o si tienes previsto que los alumnos usen sus ordenadores para alguna actividad, prepara alternativas por si se producen problemas técnicos. Se dice que el mejor ponente no es el que lleva el mejor PowerPoint, ni siquiera el que más sabe sobre un determinado tema, sino el que es capaz de hacer su presentación de manera autónoma sin necesidad de ningún tipo de apoyo. De hecho, hay veces en las que el uso de un apoyo externo incluso puede ser contraproducente (¿quién no ha cometido el clásico error de mirar el PowerPoint más de la cuenta, por ejemplo?).

En definitiva, prepárate para dar la charla en el peor de los casos. Así estarás tranquilo o, al menos, tendrás una cosa menos de la que preocuparte. 🙂

5. Llegados a este punto, seamos sinceros, muy pocos sienten la pasión que sientes tú sobre ese tema del que estás hablando

Esta es una de las reflexiones más recientes que he escuchado en algunos de mis colegas. Y creo que llevan razón. Tendemos a pensar que el tema sobre el que vamos a exponer es muy interesante para nuestra audiencia. Y está bien que sea así, ya que somos nosotros mismos los primeros que debemos demostrar esa pasión y ese interés cuando hablamos. Solo así podremos llevarnos al público a nuestro terreno.

Pero la realidad es cruel y nos dice que, como mucho, solo un 5 o un 10 % de los asistentes sentirán esa pasión que sentimos nosotros sobre ese tema del que estamos hablando. Por ejemplo, en mi caso, que suelo hablar sobre traducción audiovisual, diseño, informática aplicada o herramientas, a menudo me encuentro en mis actividades con colegas de otras especialidades, como la traducción médica, la traducción jurídica o, incluso, de otras disciplinas que no tengan nada que ver con la traducción. Por lo general, estos profesionales no tienen tanto interés como yo por ese tema del que estoy hablando, puesto que sus especialidades son distintas, y por tanto no siempre muestran demasiado entusiasmo durante la sesión, por muy bien que la haya armado o por muy inspirado que esté ese día.

Es más, el público puede variar también en función del tipo de evento en el que participemos, dado que hay eventos más especializados y otros más generalistas (por ejemplo, de entre los eventos de traducción, el HispaTAV se centra exclusivamente en traducción audiovisual y el SELM tiene un carácter más general). Ante eso, quizá lo mejor sea anticiparse y armar nuestra charla procurando que todos los asistentes puedan seguirla aunque no sean expertos en ese tema.

Otro ejemplo para reforzar este último argumento. En mi última clase de maquetación de la VIU que di por videoconferencia, solo se quedaron un 10 % de mis alumnos, que eran los que verdaderamente tenían un interés en lo que íbamos a estudiar ese día. Esto es muy común en el ámbito académico, ya que a menudo muchos alumnos se apuntan a una asignatura o conferencia por los créditos, por el diploma o por rellenar su currículum. De hecho, es frecuente que a las charlas acudan noveles que no tienen muy claro todavía qué quieren hacer y acuden para ver si alguien les ilumina.

Por eso, tenemos que aprender a convivir con los bostezos, las caras de cansancio y demás expresiones, digamos, de desinterés que puedan tener los asistentes. Tenemos que volvernos inmunes a ellas para que así nuestro discurso no decaiga cuando las veamos desde el escenario.

En definitiva, el público puede ser de lo más variopinto —o directamente díscolo en el peor de los casos—, así que por un lado conviene anticiparse para intentar crear una charla inclusiva para todos los asistentes. Por otro lado, tenemos que aprender a convivir con él incluso cuando nos muestra desinterés o no hay conexión.

6. Si no vas a tener tiempo suficiente para preparar una ponencia, mejor no la hagas

Igual puede parecer una obviedad, pero creo que es necesario recalcarlo porque es fácil perdernos en el estrés de nuestra rutina. Por lo general, suelen ocurrir dos cosas. Una, que aceptes dar una charla y te des cuenta a posteriori de que realmente no vas a tener tiempo suficiente para prepararla porque se te mezcle con otros proyectos. Y la otra, cuando tenemos exceso de confianza y aceptamos acudir a algún evento dejándonos llevar por las ganas o la ilusión sin detenernos a hacer un análisis realista del tiempo que tenemos en realidad.

Debemos ser conscientes de que cualquier actividad académica requiere un tiempo de preparación. Es cierto que a veces podemos jugar la baza de la experiencia o de las tablas (sobre todo en cursos y talleres que damos con asiduidad), pero eso no siempre será garantía de éxito. Además, en el caso de las ponencias, conviene hacer un esfuerzo por aportar algo nuevo cada vez que vamos a un evento distinto. Eso requiere dedicar muchas horas y varios días de inmersión e investigación en el tema en cuestión, ya sea para sumar nuevos aportes o para estructurar como es debido esa información que ya tienes en tu cabeza.

Reconozco que esto último de aportar algo nuevo es una observación más bien personal —no todo el mundo lo hace y lo respeto—, pero yo la verdad es que hago todo lo posible por no repetir mis charlas, aunque reconozco que alguna vez he sido «ponente pecador» y lo he hecho, bien porque me han pedido esa charla que diste en tal sitio, o bien porque me tocaba hablar en un lugar en donde no me conocía nadie. En esos casos, repetir no tiene por qué ser algo dramático.

Definición gráfica de «ponente pecador».

No obstante, si no tenemos el suficiente cuidado, corremos el riesgo de repetirnos hasta en la sopa. Y cuando eso ocurre, te digo por experiencia que el público puede perder el interés por ti y por tus charlas, algo que minará tu confianza, y que seguramente hará que tu discurso deje de tener ese brillo y esa frescura que tenía cuando expusiste esa ponencia tan interesante por primera vez.

En definitiva, sé realista y valora el tiempo que tienes para confeccionar tu charla. Y si puedes hacer un esfuerzo extra por aportar información nueva o distinta de la que ya has aportado en anteriores charlas, mucho mejor.

7. Aprende a fracasar, solo así llegarás a ser un maestro (jedi) de los discursos

Piensa que si te he contado todo esto, es porque seguramente yo he fracasado en varios de estos puntos en algún momento. Y aquí estoy. Sigo vivo y me siguen llamando para ir a sitios —¡y que siga siendo así!—. 🙂 Sí reconozco que, de alguna manera, he aprendido la lección y cada vez intento elegir mejor los lugares a los que voy y mirar la agenda con más detenimiento, a pesar de arriesgarme a parecer una persona demasiado ocupada. Fíjate que soy el primero que he sentido rechazo hacia gente con la que no puedes contar nunca o que siempre están liados, pero con los años aprendes que, a menudo, la gente no va sobrada de tiempo, sobre todo en nuestro mundillo, en el que los eventos son un pequeño oasis en mitad de una rutina llena de proyectos.

Además de esto, también conozco a muchos colegas traductores que me han hablado de aquella ponencia que fue un completo desastre o en la que contaron un chiste y no se rió nadie. Es algo que nos pasa a todos y que tenemos que aprender a aceptar, ya que por mucho que nos preparemos siempre hay cosas que pueden salir mal o que nosotros no podemos controlar por inexperiencia, lentitud mental o falta de inspiración.

En definitiva, aceptar el error o el azar forma parte del proceso de aprendizaje. Y aquí vuelvo a la comparación del ponente con el músico que interpreta una pieza. Además de lo que he contado antes sobre la concentración, otro rasgo que caracteriza al buen músico es su capacidad para reconducir cuando se equivoca. A su capacidad para dejar atrás esa nota en la que se equivocó y seguir concentrado en lo que le viene por delante. También podemos compararlo con los intérpretes, que tienen en su manual que, pase lo que pase, hay que seguir y olvidar ese error o esa parte que no nos ha salido tan bien como queríamos. El ponente debe ser igual. Incluso, me atrevería a decir debe ser capaz de llevar con naturalidad sus propios errores.

¿Cometiste un error? No pasa nada, tira de la cisterna y continúa. 🙂

Por experiencia, siempre y cuando tu error no sea garrafal, bastará con hacer una pequeña aclaración —a ser posible en un tono alegre o divertido—, con el objetivo de quitarle importancia. Verás que, si el público es bueno —por lo general, suele serlo—, sabrá entenderlo y probablemente querrá dejar atrás el error rápidamente para centrarse en lo que viene por delante. Y si lo haces con una sonrisa, mejor todavía. 🙂

Para cerrar, te animo a que pongas en práctica todos estos consejos y a que hagas todo lo posible por dejar atrás las malas experiencias que hayas podido tener. Solo así conseguirás convertirte en un maestro (jedi) de los discursos.

¡Hasta la próxima entrada! 🙂

Después de la entrada sobre los mitos de las herramientas de traducción asistida con la que muy amablemente nos complació Santiago de Miguel hace unos días, en esta ocasión quiero compartir una interesante entrevista que le he hecho para que podáis conocerlo un poquito mejor.

Ya os comenté que conocí a Santiago en la Actualización en Nuevas Tecnologías de la Traducción de la Universidad de Buenos Aires en la que tengo el honor de dar clase desde hace dos años, así que para mí es un orgullo haber visto desde cerca la gran evolución que han experimentado tanto Santiago, protagonista hoy, como el resto de alumnos de las primeras ediciones gracias (en parte) a mí y al resto de docentes (Damián Santilli, Matías Desalvo, Mariana Costa, Gabo Fuentes, Gabriela Scandura y compañía) de esta titulación pionera en la Argentina. Eso hace que esta entrevista sea aún más especial y que la colaboración que ha iniciado Santiago con Traduversia en la docencia del nuevo curso de memoQ tenga todavía más significado. 🙂

Santiago de Miguel en uno de sus recientes cursos presenciales.

Sin más dilación, doy paso a la entrevista, en la que, como veréis, hablamos sobre temas que nos interesan a todos, como traducción audiovisual, informática aplicada o cuestiones relacionadas con el estado de nuestro gremio. ¡Vamos con las preguntas!

Pregunta: Muchas gracias por animarte a esta entrevista, Santiago. Es un auténtico placer para un servidor, sobre todo después de habernos conocido en Buenos Aires gracias a la Actualización en Nuevas Tecnologías de la Traducción organizada por la UBA. Para empezar, ¿podrías hacernos un freestyle y hablarnos un poquito de ti? ¿Qué puntos o proyectos de tu currículum son los que te hacen sentirte más orgulloso?😊

Respuesta: ¡Gracias a vos por la invitación! Es un gusto para mí participar en tu blog.

Unas líneas acerca de mí: estudié traducción literaria y técnico-científica en inglés en una institución muy reconocida de Buenos Aires —el Lenguas Vivas—, después hice una especialización en corrección de estilo y, por último, el año pasado completé el posgrado en el que nos conocimos, la Actualización en Nuevas Tecnologías de la Traducción.

Trabajé durante un año como traductor en plantilla, tras lo cual me dediqué exclusivamente a ser independiente. En la actualidad, paso mis días haciendo localizaciones de videojuegos y aplicaciones, así como subtítulos y traducciones sobre e-sports, ecología y otros temas relativos a organizaciones intergubernamentales. Además, para salir un poco de mi casa y ver la luz del sol, dicto cursos de software para traductores e incursiono en la fotografía.

¿Qué puntos o proyectos me hacen sentir más orgulloso? Por un lado, trabajar en el mundo de los videojuegos me encanta y apasiona, pero, por el otro, traducir para organizaciones intergubernamentales que tienen objetivos globales positivos hace que mi trabajo cobre otro sentido.

P: En lo relativo a la traducción, me consta que abarcas bastantes especialidades, desde traducción audiovisual hasta videojuegos o aplicaciones móviles. ¿Cuál de estas modalidades te resulta más interesante? ¿Qué pasos has seguido hasta conseguir ganarte la vida con ellas?

R: Todavía no me considero especialista en ningún campo en particular, aunque, como buen geek, estoy muy familiarizado con los videojuegos, por lo que esa es una de las especialidades que más disfruto.

Me llevó mucho tiempo conseguir mi primer encargo de videojuegos, así que quizás por eso también lo valoro tanto. Básicamente, durante unos tres o cuatro años, me anoté en cuanta capacitación sobre el tema había disponible en Argentina, que no era mucha en ese entonces. Sí recuerdo que había más opciones en España, pero mi economía de estudiante no me permitía acceder a precios en euros. ¡Y jugué mucho, claro!

Después de capacitarme tanto, cuando surgió la oportunidad de completar una prueba de traducción, pude lucirme y conseguir mi primer encargo.

P: He tenido la oportunidad de asistir presencialmente y, también en la distancia —gracias a lo que nos cuentas por tus redes sociales—, a tu crecimiento profesional y puedo dar fe de que ha sido meteórico. ¿Cuál crees que ha sido la clave para introducirte en el mercado de la traducción de una manera tan exitosa? ¿Qué consejos puedes darles a los que vienen detrás de ti?

R: ¡«Meteórico» es demasiado! Es verdad que mi carrera atravesó muchos cambios positivos en los últimos años, pero todavía me considero un traductor novel. Si bien hoy tengo el gusto de vivir de la profesión, aún me queda mucho por aprender y sigo capacitándome cada vez que puedo.

Creo que ese punto fue clave para mi inserción laboral: estar capacitado. Con esto no quiero decir, por ejemplo, que tenemos que recibirnos de médicos para empezar a hacer traducciones médicas, pero sí hay que tener una base sólida para no desaprovechar oportunidades y pasar vergüenza cuando completamos el primer encargo de ese cliente que tanto nos costó conseguir. Siempre les recomiendo dos cosas a quienes están dando sus primeros pasos en la profesión: mejorar la redacción en su lengua materna y aprender alguna herramienta de traducción asistida.

Otro factor que, en mi opinión, me ayudó a insertarme laboralmente fue la imagen en línea. Con «imagen» me refiero a todo lo que se puede encontrar sobre mí en Internet: redes sociales, página web, CV, foto de perfil, firma del correo electrónico, etc. Una buena imagen en línea ayuda a transmitir profesionalismo y calidad de trabajo. Podemos ser traductores excelentes, pero opino que perdemos potencial si nuestra imagen no le hace justicia a la calidad de nuestro trabajo.

Por último, muchas puertas se me abrieron gracias a la recomendación de colegas, así que mi tercera recomendación es salir de casa y relacionarse con colegas. Hay muchas maneras de lograr esto, por ejemplo, asistiendo a congresos y capacitaciones o colaborando con alguna asociación profesional.

P: Recientemente has participado como ponente y docente en algunos eventos y cursos, como por ejemplo la Jornada en Traducción e Interpretación de la AATI/USAL, o en los cursos que organiza periódicamente el Colegio de Traductores Públicos de la Ciudad de Buenos Aires. ¿Cómo ha sido la experiencia? ¿Animarías a otros traductores a que acudan a actividades así? ¿Crees que sería bueno que se animaran también a dar ponencias o a dictar cursos siguiendo tu ejemplo? En tal caso, ¿qué pasos crees que deberían seguir para tener éxito?

R: ¡Claro que los alentaría! Es una experiencia buenísima, en particular si solemos pasar la mayor parte del día trabajando frente a una pantalla. Compartir conocimientos es un gran complemento a nuestra actividad de traductores y también es muy gratificante. Además, poder hablar en público y desenvolverte frente a un amplio grupo de personas es una cualidad que sirve para la vida en general.

La palabra clave en esta cuestión es «animarse». Estoy seguro de que hay colegas que tienen muchos conocimientos para compartir, pero no sentirse preparados y el temor a enfrentarse a un grupo de alumnos u oyentes les impiden animarse. Creo que nunca nos sentimos 100% listos para este tipo de cosas (por suerte yo tengo un colega y amigo que me incentiva a dar el paso), pero es muy probable que sí lo estemos.

Obviamente, mi recomendación es formarse lo mejor posible en el tema sobre el que queremos hablar o enseñar, pero tal vez más importante es elegir un tema que nos apasione, ya que así es mucho más alentadora la preparación y también es más sencillo salir de cualquier apuro que pueda surgir.

P: Me consta que eres un mago de la informática, sobre todo en herramientas especializadas como las herramientas de traducción asistida o CAT Tools. ¿Cuál crees que es la clave para llegar a dominar estas herramientas? ¿Merece la pena invertir en ellas para destacarse profesionalmente o basta con tener un dominio básico? Si hay que invertir, ¿cómo puede hacer un traductor novel para que le salga rentable la inversión?

R: Creo que la clave para dominar las herramientas especializadas es la constancia. Son bastante complejas, por lo que, si pasa el tiempo y no las ponemos en práctica, es muy probable que nos olvidemos algún paso, acabemos frustrándonos y dejemos de usarlas. Por eso, siempre recomiendo a mis alumnos hacer al menos una traducción de práctica por semana, aunque no sea paga.

Un dominio básico me parece que es esencial para cualquier traductor que quiera empezar a dar sus primeros pasos en la profesión, y sí sugiero tener un manejo avanzado de al menos una herramienta TAO porque, si surgen problemas durante alguna tarea, debemos contar con los recursos para solucionarlos. Además, cuanto más hábiles seamos con una TAO, más eficientes seremos cuando la usemos.

Con respecto a la inversión que implican estas herramientas, puede que las agencias de traducción nos ofrezcan licencias temporales, por lo que no siempre necesitamos una licencia propia, pero sí es importante saber usar de antemano dicho programa. Si trabajamos o nos gustaría trabajar con agencias, podemos averiguar qué software usan las empresas que más nos interesan e invertir en esa. Una recomendación muy importante es no comprar las herramientas a su precio original, ya que suele haber rebajas en muchos momentos del año (Día del Traductor, Black Friday, etc.) y las asociaciones profesionales, o incluso los mismos usuarios, ofrecen descuentos. Si están interesados en memoQ, la empresa tiene un programa académico que permite comprar una licencia a un precio de locos a quienes estudien en instituciones miembros del programa.

P: Cada cierto tiempo se suelen oír comentarios de rechazo hacia las TAO como que estas herramientas convierten el proceso de traducir en algo mecánico y artificial o que anulan la parte más creativa o artística del oficio. ¿Qué les dirías a estas personas que se muestran en contra del uso de estas herramientas?

R: Se suelen oír comentarios negativos sobre las TAO, pero creo que la mayoría —sino todas— de las contras que se traen a colación pueden evitarse con tan solo un poco de flexibilidad y creatividad.

¿Las TAO nos privan del contexto y el formato? Nada nos impide abrir el documento original, dividir la pantalla y ver el texto fuente de un lado y la herramienta TAO del otro, o incluso podemos usar la vista previa de memoQ. ¿Las TAO nos fuerzan a traducir el texto con la misma cantidad de oraciones que el original? Existe la opción de dividir o unir segmentos, o también podemos ignorar la puntuación final de los segmentos y, en vez de usar un punto, poner una coma y empezar el siguiente segmento con minúscula.

Si queremos, siempre se puede trabajar mejor.

En conclusión, puede que las herramientas TAO tengan algunas contras, pero me parece que las ventajas superan ampliamente las desventajas y justifican implementarlas, así que les sugeriría a todos aunque sea probarlas y no dejarse convencer tan fácilmente por los comentarios de colegas.

P: ¿Y qué me dices del clásico chascarrillo de que la traducción automática va a acabar con el oficio de los traductores?

R: No tengo demasiada experiencia con la traducción automática, pero dudo que vaya a acabar con nuestra profesión. Eso sí, creo que va a cambiar la manera en que trabajamos —de hecho, cada vez se ven más encargos de posedición—, así que me parece un esfuerzo en vano resistirse. Por el contrario, creo que debemos ver la traducción automática como una aliada que nos puede facilitar y acelerar el trabajo, en vez de como una amenaza. Si organizaciones de la envergadura de la ONU y la WIPO la implementan, por algo será, ¿no?

P: Has dictado varios cursos sobre memoQ en la Argentina y también a través de la red siguiendo la fórmula del webinario. De hecho, algunas actividades fueron directamente para Kilgray dentro de sus memoQ webinar series, lo cual debió ser algo increíble para ti. ¿Cómo ha sido la experiencia de enseñar a otros colegas a usar esta herramienta en este formato? ¿Qué ventajas crees que tiene la formación online con respecto a la presencial?

R: Me parece que la formación en línea ofrece dos grandes ventajas para los alumnos: por lado, les permite tomar el curso o ver el webinario sin salir de su casa y, por el otro, es muy común que se ofrezcan las grabaciones durante un tiempo determinado, o incluso indeterminado, una vez terminado el curso/webinario, lo que les permite a los alumnos repasar el contenido cuantas veces quieran. Esto último es superútil, en especial para quienes tienen más dificultades con la tecnología, que paradójicamente son quienes suelen negarse a tomar cursos en línea.

Mi experiencia con las capacitaciones virtuales es muy positiva y se lo recomiendo a todos, pero también disfruto mucho las clases presenciales porque son más dinámicas y facilitan la resolución de dudas y problemas en el acto. Además, es una buena manera de hacer networking y es más fácil conocer colegas y hacerse amigos (gracias al mate, que tanto disfrutamos en los recreos en Argentina).

P: Como bien sabes tú y algunos lectores del blog, en estos años he tenido la gran oportunidad de ser docente en la Argentina dictando ponencias y cursos también para el CTPBA, la UBA o en iniciativas privadas como el Locarg. La experiencia me ha hecho ver que materias como traducción audiovisual o informática aplicada aún no están equiparadas con el resto de materias y especializaciones que se imparten en distintas titulaciones. Uno de los síntomas más reveladores es el hecho de que aún no exista un máster en traducción audiovisual como tal, a pesar de que ya se está peleando por conseguirlo y que están surgiendo formaciones muy interesantes, como la ANTT. En cambio, en otros países —como España, por ejemplo— sí han proliferado estos másteres. ¿A qué crees que se debe toda esta situación? ¿Se valora a los traductores audiovisuales y localizadores en la Argentina? ¿Quizá aún tiene demasiado peso la figura del traductor público?

R: Qué pregunta complicada… Sí existen algunos másteres, pero se cuentan con los dedos de una mano y no están enfocados en un área tan específica de la traducción, como sería la audiovisual o la localización.

Creo que la figura del traductor no es tan reconocida en mi país, pero que la del traductor público sí es más popular porque es requisito traducir documentación si alguien quiere ir a vivir o estudiar al exterior. Sin embargo, me sorprende la cantidad de jóvenes que consultan en grupos o que incluso me escriben por privado porque quieren estudiar traducción, por lo que es evidente que hay interés.

Quizás la falta de oferta de posgrado especializado tiene que ver, por un lado, con que la nuestra no es una carrera tan conocida y, por el otro, con que tampoco es tan habitual hacer maestrías en mi país, tal vez porque es muy común que la carrera de grado se extienda a ocho o nueve años porque casi todos los alumnos también trabajan mientras estudian, entonces se toman un descanso académico después de tantos años de estudio.

De todas formas, sí han surgido posgrados (no másteres) especializados en el último tiempo, como la Actualización en Nuevas Tecnologías de la Traducción (en la UBA), la Especialización Superior en Textos Audiovisuales y Accesibilidad (en el llamado Lengüitas, donde daré una materia sobre software de subtitulado) y la Especialización Técnica en Interpretación de Conferencias (en mi querido Lenguas Vivas). Ojalá esta tendencia siga creciendo hasta que tengamos una mayor oferta de másteres.

P: Ya por último, la gran pregunta que casi todos se hacen en algún momento. ¿Se puede vivir bien de la traducción audiovisual o la localización en la Argentina?

M: ¡Buena pregunta! La respuesta, que seguramente les interesará más a mis colegas argentinos, será breve: gracias a Internet, el campo de la traducción y la localización hoy en día es mundial y no tiene fronteras, por lo que tenemos la posibilidad de generar los mismos ingresos que genera un colega en Europa o Estados Unidos. Cuesta lograrlo, como le cuesta a todo trabajador independiente de cualquier profesión, pero creo que es posible y que nosotros tenemos la enorme ventaja de poder trabajar para el exterior.

Rafa: ¡Muchas gracias por tu tiempo y tus respuestas, Santiago! Si os habéis quedado con ganas de más, podéis seguir a Santiago en las redes o echarle un vistazo al mencionado curso de memoQ de Traduversia, lanzado recientemente y al que podéis acceder desde el siguiente enlace.

memoQ para traductores, revisores y gestores de proyectos

No olvides usar el cupón memoq_jugandoatraducir en el carrito de Traduversia para ahorrarte un 10 % en el curso. ¡Solo hasta el 10 de diciembre! 😉

 

¡Hasta la próxima entrada! 🙂