Por petición popular, esta semana he grabado un vídeo para recomendarte varios diccionarios (de inglés y español, sobre todo). Además, te explico cómo usarlos con el Omnibox de Google Chrome, dado que a algunos parece que no os quedó muy claro en el vídeo de la semana pasada dedicado a los buscadores del DRAE y la Fundéu. Sin más dilación, te dejo con el vídeo.

Como siempre, espero que te haya gustado. Como te digo en el vídeo, en el futuro espero grabar más vídeos como este con otros diccionarios más originales o rebuscados. Este, al ser el primero, tenía que venir sí o sí con los diccionarios más conocidos. Si se te ocurre algún diccionario interesante que quieras recomendar o que quieras que mencionemos en futuros vídeos, te invito a dejarlo en los comentarios, como siempre. Pocas cosas traen dan tanta felicidad y satisfacción como compartir esta clase de recursos con nuestros colegas.

Corto y cierro, por esta semana. ¡Nos vemos el jueves que viene o antes (si estás en Traduversia)! 😉

En el consultorio de hoy, respondo a otra de las preguntas que más nos suelen hacer los alumnos de Traduversia, que es la siguiente: ¿qué debo tener en cuenta para tener una buena tarifa de traducción? En el vídeo te doy algunos consejos basados en mi experiencia durante los últimos años que, como mínimo, te harán reflexionar un poco sobre este tema tan peliagudo.

 

Como siempre, te invito a dejar algún comentario o pregunta aquí o en YouTube. También, si quieres participar en nuestro consultorio, puedes usar el formulario que hemos habilitado en Traduversia, al que puedes acceder desde aquí. ¡Ah! Y no te pierdas el último vídeo que ha publicado Pablo, en el que responde a otra pregunta que también nos hacen con mucha frecuencia: ¿qué máster o curso hago si ya tengo experiencia en traducción? Todo eso y mucho más, en el canal de YouTube de Traduversia. 🙂

¡He vuelto! Sí, he querido aprovecharme de esto del año nuevo y de los propósitos para 2018 para retomar el blog (por cierto, ¡feliz Año!), en el que llevaba sin publicar nada desde que os comenté que me iba a Buenos Aires para participar en el LocArg2017 y en un posgrado organizado por la Universidad de Buenos Aires. Desde entonces no he parado quieto y he estado bastante atareado con videojuegos, series, cursos, másteres y otros proyectos a los que he dedicado una parte importante de mi tiempo libre. Aun así, prometo sacar un hueco dentro de poco para contaros mi viaje a Buenos Aires, que fue muy intenso y merece ser contado aunque sea a posteriori. 🙂

De todas formas, sé que en este tiempo algunos de vosotros me habréis visto en The Translation Show, en donde sí he publicado vídeos de manera periódica desde que lo lanzamos a principios del año pasado. Y dado el éxito que ha tenido (miles de reproducciones y varios cientos de suscriptores) y en vistas de que YouTube e Instagram se están convirtiendo ahora mismo en dos medios muy utilizados por los traductores, en Traduversia también hemos querido sumarnos a esta tendencia de publicar vídeos para interactuar con nuestra audiencia. Lo hemos hecho dentro de una nueva sección que hemos llamado El consultorio de Traduversia, en la que queremos responder a las preguntas y dudas que quieran plantearnos nuestros alumnos y seguidores —puedes enviar tus preguntas desde este formulario—.

El primer vídeo que hemos grabado es este que puedes ver aquí abajo, en el que respondo a una de las preguntas que más solemos responder por correo o en los eventos a los que vamos. 🙂

¿Hago un máster de traducción o me apunto a un curso?

 

Aunque en el vídeo ya os planteo los argumentos más importantes, voy a exponerlos también aquí abajo a modo de resumen, por si eres de los que prefieren leer a ver un vídeo (de todo hay en la viña del Señor). Se resumiría en los siguientes consejos:

1. Asegúrate de que la especialidad que te atrae te gusta lo suficiente

Antes de lanzarte a por un curso o un máster, piensa hasta qué punto lo necesitas para tu futuro profesional. Para ello, hazte varias preguntas:

  • ¿Seguro que ese ámbito de la traducción me atrae lo suficiente?
  • ¿Estoy idealizando demasiado ese oficio o a los profesionales de ese sector?
  • ¿De verdad quiero dedicar x años de mi vida a trabajar en eso?

Si no tienes claras las respuestas, entonces quizá deberías descartar la idea del máster y plantearte trabajar durante un tiempo en algo relacionado con ese ámbito para ver si te gusta realmente o no. Por ejemplo, si te atrae la traducción audiovisual y crees que sería bonito traducir un videojuego, busca unas prácticas en una empresa de traducción en la que traduzcan videojuegos o colabora con algún traductor autónomo que se dedique a eso (siempre hay alguno que está muy agobiado y necesita ayuda en algún momento). A menudo ocurre que muchos estudiantes o traductores noveles creen que los traductores de videojuegos se pasan la mitad del tiempo jugando, cuando en realidad se pasan casi todo el tiempo traduciendo contrarreloj en herramientas de traducción asistida o en hojas de Excel, algo que acaba desanimándoles o dejando la especialidad. En este sentido, como dice Pablo Muñoz en su blog, conviene no compararse con nadie, porque aunque está bien querer parecerse a otros profesionales a quienes admires, a la hora de la verdad tampoco sabes el camino que han recorrido para llegar hasta dónde han llegado y ser como son ahora mismo.

2. Asegúrate de si necesitas tener un máster o no para lo que quieres hacer

Mucha gente hace un máster porque ese mérito les sirve realmente como mérito para conseguir el trabajo que están buscando —para destacarse en un proceso de selección o para ganar puntos en bolsas de trabajo, por citar un par de ejemplos—. Otros, en cambio, lo hacen porque realmente necesitan cubrir ciertas carencias que han notado que tienen en el oficio que ya han ejercido o que están ejerciendo. Si tu caso es uno de los anteriores, ¡adelante! Seguro que no te arrepentirás.

Pero si estás pensando en apuntarte a un máster como una forma de prolongar tu etapa formativa porque no sabes bien qué hacer o porque no encuentras trabajo, mi consejo es que antes de dar el paso investigues si realmente lo necesitas para el puesto de trabajo que aspiras a ocupar después. Esto es importante porque conozco a muchos colegas que han hecho un máster y reconocen que a la hora del verdad el título del máster no les ha ayudado a conseguir el trabajo, sino que han tenido que hacer una prueba de traducción o un proceso de selección en igualdad de condiciones con otros traductores que no tenían máster. Esto ocurre sobre todo entre autónomos, ya que en muchos casos nos ganamos a nuestros clientes superando pruebas de traducción, como ocurre por ejemplo con Netflix o con otras empresas del mercado audiovisual.

3. Piensa en el dinero que puedes invertir (sin dramas de por medio)

El factor económico es fundamental a la hora de decantarnos por un máster o por un curso. En ese sentido, tenemos que ser inteligentes y ahorrarnos los dramas. Imagina que te apuntas a un máster que cuesta 2000 € y que al acabarlo o mientras lo estás haciendo te das cuenta de que esa especialidad no te gusta. ¡Vaya drama para ti y para tu familia, sobre todo si te han echado un cable para pagarte la matrícula!

En cambio, los cursos suelen tener precios más económicos y son méritos que siempre van a quedar bien en tu currículum. En ese sentido, si te apuntas a un curso de subtitulado que cuesta 100 € y al hacerlo te das cuenta de que no te gusta subtitular, el drama será mucho menor que si te has gastado 2000 € en un máster de traducción audiovisual. Además, el día de mañana siempre podrás demostrar que sabes subtitular porque hiciste ese curso. 🙂

4. Piensa en el tiempo que puedes invertir (sin dramas de por medio)

El otro factor que va ligado al dinero es el tiempo y en este caso es también muy importante. Un máster requiere dedicar mucho tiempo y esfuerzo a quien lo hace, hasta el punto de que muchos alumnos tienen que dejar sus respectivos trabajos temporalmente o desatender otras actividades que eran importantes para ellos. El problema es que mucha gente cree que va a poder compatibilizar el máster con todo lo demás y luego se van dando cuenta de que no dan abasto —con los dramas correspondientes—. Por eso es fundamental que antes de dar el paso estimes si realmente dispones del tiempo necesario para hacer un máster, o si en cambio sería más adecuado para ti hacer un curso flexible que puedas compatibilizar con lo que ya tienes en marcha. 🙂

Conclusión

Como digo en el vídeo, cada caso es un mundo así que debes ser tú quién ponga sobre la mesa todas tus dudas y te pongas manos a la obra para resolverlas o al menos arrojar un poco de luz para no tomar una decisión a ciegas. Un máster es desde luego una opción mucho más completa que un curso, pero solo deberías hacerlo si realmente te va a aportar un plus para conseguir el trabajo que buscas o para cubrir las carencias que has detectado que tienes en tu breve experiencia profesional. Un curso, en cambio, es una opción mucho más económica y menos exigente en cuanto al tiempo que tendrás que invertir, por lo que es una opción ideal si quieres saber más sobre una especialidad concreta que te atrae. Por último, no descartes hacer unas practicas o intentar trabajar durante un tiempo en plantilla o con algún colega traductor para así probar el oficio y asegurarte de si realmente te gusta o no. 🙂

No quiero despedirme sin antes recomendarte los vídeos que publicamos en el canal de Traduversia sobre varios másteres de traducción y sobre nuestros cursos de traducción (autobombo ON), que casualmente están rebajados en estos momentos (autobombo OFF). 😛 ¡Y no olvides suscribirte y enviarnos alguna pregunta para futuros vídeos del consultorio!

¡Hasta la próxima! 🙂

«Apúntatelo que se te olvida». Creo que me lo dijo un gran amigo mío hace tiempo. Yo le dije que no lo necesitaba mientras me señalaba la frente con el dedo índice. Ja. Iluso. Ingenuo. ¡Insensato!

La memoria es como la muerte, sabes que está ahí acechando pero nunca piensas que vas a ser la siguiente víctima. Confías en ti porque nunca has necesitado nada ni a nadie que te recordara lo que tenías que hacer, e incluso en tu mente eras capaz de tener organizado todo el proceso para llevar esa tarea a buen puerto.

Pero, antes o después, siempre, siempre llega el día en el que la cabeza y la memoria dejan de funcionar coordinadamente, bien por sobrecarga de trabajo, bien por un despiste (a cualquier le puede pasar), bien por X factor.

Pues eso, a mí me han pasado las dos cosas en menos de una semana. La verdad es que te sientes fatal porque tienes la sensación de no haberte organizado bien, o de no haber tenido la cabeza donde tenías que tenerla, pero no creo que ese sea el verdadero problema.

El verdadero problema es que no siempre somos capaces de detectar el momento en el que realmente necesitamos dedicar tiempo a la organización. Hasta la fecha, había hecho varios intentos de usar agendas, pero siempre pensaba que era una pérdida de tiempo, porque tenía que dedicar 10 o 15 minutos para actualizarla y otros 10 o 15 minutos para organizarme. En mi opinión, cuando las tareas que tienes que hacer no son muchas, o crees que no son las suficientes como para plantearte usar una agenda, entonces deja de tener sentido. Sin embargo, cuando llega un momento en el que se te empiezan a juntar tareas y trabajos de varios frentes (casa, trabajo, proyectos, compromisos, etc.), entonces sí empieza a merecer la pena este sistema.

Así que, después de toda esta reflexión, decidí que tenía que poner algún tipo de solución. Primero recurrí a las famosas “To-Do Lists“, listas diarias de tareas que tenemos que hacer y que, por alguna razón, crean una enorme satisfacción personal cada vez que logras tachar o poner una a alguna de las tareas que has apuntado. Además, permiten establecer prioridades, ya que puedes ordenar las tareas según su importancia o la urgencia con la que deben realizarse. Crean motivación, pero también estrés, sobre todo si apuntas demasiadas cosas en la lista y no eres capaz de hacerlas todas en el plazo que te has marcado. Estas listas son una forma muy interesante de evitar la procrastinación, pero también es muy sencillo que acaben traspapeladas si dejamos de prestarles atención por ser demasiados ambiciosos a la hora de redactarlas.

Otro método es utilizar las agendas de toda la vida. Sin embargo, no es mi método preferido, precisamente. Aunque he de reconocer abiertamente que envidio y, al mismo tiempo, admiro a aquellas personas que son capaces de llevar una agenda impoluta y tan bien escrita y ordenada que bien parece una obra de arte. Para llevar una agenda correctamente es importante desarrollar habilidades de organización, gestión y planificación. Muchos creen que esto es algo que se adquiere con la práctica, pero yo creo que son destrezas que no son tan fáciles de desarrollar y que están muy infravaloradas. Tengo contactos dentro del mundo de la organización de eventos y he tenido la oportunidad de verlos trabajar, por lo que puedo dar fe de que ver a profesionales como ellos llevar agendas, planear órdenes del día, gestionar encargos, envíos, correo, etc. es un auténtico espectáculo y que tiene un gran mérito.

Otras alternativas son los medios electrónicos como las aplicaciones de agendas y calendarios para PC (Sunbird, Essential PIM, Google Calendar, etc.), pero tienen el defecto de que, una vez instaladas en tu ordenador, solo puedes consultarlas en él. Así que, a no ser que tengas un portátil y lo lleves siempre contigo, o que trabajes en un puesto fijo y no necesites mover la agenda, tampoco son la mejor opción.

También apliqué otros métodos como elaborar listas de pros y contras, ventajas e inconvenientes, post-its, recordatorios, mensajes y avisos al correo, alarmas en el móvil, y un largo etcétera.

Todos estos métodos están muy bien y son muy útiles. Pero hay que tener presente que no dejan de ser medios y fines que muchas veces aplicamos sin haber detectado primero el verdadero problema. Bien aplicados, pueden sernos de gran ayuda. Pero, en mi opinión, primero es más importante analizar nuestro problema y, posteriormente, desarrollar de manera equilibrada las siguientes cualidades (o detectar cual de ellas es la que falla): concentración, memorización, priorización, toma de decisiones y gestión del tiempo:

Concentración: la concentración es muy importante para poder quedarnos con los detalles  más importantes de las tareas que tengamos que hacer. Hay que mantener la mente activa, ser capaces de detectar la información relevante, prestar atención y saber en todo momento en qué momento estamos, y a donde vamos. En el caso de que nos cueste trabajo mantener la concentración, hay varias técnicas y métodos que permiten potenciarla: las tradicionales y más conocidas son el uso de tapones para aislarnos del ruido o mirar fijamente durante unos segundos algún punto de la pared, o fijarnos en algún cuadro, cerrar los ojos, y después intentar recordar durante unos segundos los elementos que habían en él. Estos métodos están bien, aunque yo puedo recomendaros el mío propio, que consiste en echar una partida de ajedrez antes de empezar a trabajar a modo de calentamiento para empezar con la mente a tope (también sirven otros juegos como el sudoku o el mahjong, pero es importante mantenernos todo el rato concentrados en el juego).

Memorización: el olvido es el peor enemigo de una correcta organización. Aunque la memoria falle, es interesante ejercitarla y mantenerla activa para poder desenvolvernos con agilidad a la hora de tener presentes las cosas que tenemos que hacer. Si no somos capaces de memorizarlo todo, entonces sí que puede ser una buena opción apuntarnos lo que tenemos que hacer para que no se nos olvide. De hecho, aunque confiemos en que no se nos olvidará, es recomendable apuntarlo por si acaso (nota mental: “apúntatelo que se te olvida”). Dentro de este apartado sí podría ser útil el uso de agendas con fines recordatorios (pero sin llegar a hacernos esclavos de ellas), aunque es importante estar alerta porque las agendas, que sepamos, “no hablan” así que hay que tener siempre presente lo que hay que hacer en cada momento. Las To-do lists y el uso de post-its también sirven como recordatorios, pero sin volvernos locos.

Priorización: es muy importante ser capaces de establecer prioridades antes de afrontar nuevas tareas. Gracias a la priorización podremos mejorar nuestros resultados, conseguir metas y mantener una motivación alta, que es clave para seguir adelante con el resto de tareas. Las “to-do lists” son realmente útiles para estos fines. A mí me han ayudado durante muchos años para organizarme ya fuera en la universidad con diferentes asignaturas, trabajos y exámenes, o en el trabajo a la hora de decidir qué trabajo debía comenzar primero. Es tan sencillo como escribir una lista del 1 al X (donde la X es el número total de cosas que tienes que hacer) e intentar ordenarlas de manera jerárquica por orden de importancia.

Toma de decisiones: Tomar una decisión puede ser una tarea sencilla o muy complicada, según el momento y la situación en la que nos encontremos. Uno de nuestros mayores problemas es que solemos quedarnos atascados sin saber qué hacer en muchas situaciones. Se me viene a la cabeza el clásico ejemplo, de cuando sales con tus amigos, decís de ir a otro sitio y, una vez en la calle, nadie sabe para donde ir y resulta que de repente a todo el mundo le da igual. Esto pasa con todo, el truco para superar este tipo de situaciones es activarse y echar andar. No podemos permitir nunca que una decisión sobre una cuestión sencilla se lleve más tiempo del necesario. A la hora de tomar decisiones más importantes, hay que desarrollar un juicio y una capacidad analítica que nos permitan valorar las ventajas y los inconvenientes de tomar o no una determinada decisión. Para estos casos puede ser muy interesante elaborar un listado de pros y contras. Esto nos permitirá analizar de una manera más objetiva, ordenada y visual los puntos más relevantes de dicha decisión.

Gestión del tiempo: el tiempo es el factor matemático dentro de esta ecuación sobre la organización. Debemos ser capaces de hacer todo lo que nos propongamos en X tiempo. Muchas veces X puede ser ampliable pero, por lo general, es importante acostumbrarnos a cumplir con los plazos que nos propongamos (y nosotros, como traductores que somos, con más motivo). Para conseguirlo, puede ser interesante  realizar un plan del día al inicio de cada jornada de trabajo, algo que podemos apuntar en nuestra agenda o incluso en un papel junto a nuestra to-do list (además, si os van los retos, podemos intentar asignar un tiempo orientativo para cada tarea e intentar cumplirlo).

Hola a todos de nuevo, como veis, han pasado ya unas semanas desde la última entrada. Lo cierto es que han sido unos días muy intensos, con mucho trabajo acumulado por diferentes frentes, con vacaciones, vuelta a la actividad, y hasta exámenes de por medio.

Todavía me pregunto como durante todos estos días me las he ingeniado para ser productivo. De eso es de lo que quiero hablar o, más bien, reflexionar e invitaros a participar.

Mucho se ha escrito ya sobre la calidad de la traducción. Recuerdo los tochos infumables de Traductología de autores como Chesterman, Nord, Reijins, Sager, Larose, etc. Lo cierto es que a la hora de la verdad, no creáis que me han sido de tanta utilidad. Tanta abstracción de la realidad a veces hace que perdamos un poco el rumbo de que nuestra profesión, a fin de cuentas, es una actividad práctica. Sin embargo, sus teorías son sobre todo interesantes para evaluar a posteriori la calidad de las traducciones que realizamos.

Estos días he tenido tiempo de reflexionar sobre esto. Cuando me veía desbordado de trabajo, muchas veces me daban ganas de aumentar el ritmo, pero al ver que la calidad descendía y que muchas de las decisiones que estaba tomando no estaban del todo bien fundamentadas, no me quedaba más remedio que dar marcha atrás. Supongo que tiene que tener algo que ver con la ética profesional del traductor. A fin de cuentas, siempre quieres garantizar el mejor trabajo posible, pero eso no siempre es posible realizarlo con un nivel de productividad alto, sobre todo cuando eres novato.

Sin embargo acabé llegando a esa famosa frase conocida por muchos: “si no cobras lo que vales, acabarás valiendo lo que cobras”. Creo fehacientemente que, es importante ofrecer un trabajo de calidad desde el principio, aunque tu tiempo se vea sacrificado y sientas que tu productividad es todavía muy limitada. Pero con el tiempo irás cogiendo el ritmo y te acostumbrarás a trabajar a ese nivel, aumentando progresivamente tu productividad.

Para ilustrar esta teoría, se me ocurrió tirar de un poco de imaginación y elaborar un clásico gráfico de ordenadas y abscisas sobre la productividad que estaba teniendo durante estos últimos días. Para entenderlo bien, tenéis que contrastar los dos ejes, el de abscisas y el de ordenadas. En el eje de ordenadas aparecen los minutos empleados, y en el eje de abscisas la puntuación de calidad, que se le ha otorgado un valor de 1 a 10. Como referencia he tomado textos que he traducido, todos de una temática similar y de unas 500 palabras. Este ha sido el resultado:

progresionproductividad

Por supuesto, este gráfico es otra forma más de abstraer una realidad que a la hora de la verdad depende de muchos factores. Evidentemente, un traductor especializado en un determinado campo tardará menos tiempo en traducir un texto de su campo que un traductor que esté especializado en otro. Y del mismo modo, un traductor con varios años de experiencia, por lo general, tardará menos tiempo en traducir un texto que un traductor novel.

Y vosotros, ¿cómo lleváis vuestra productividad? ¿Os costaba más al principio? ¿Cuánto tiempo tardasteis en alcanzar un ritmo de trabajo óptimo y efectivo?