Cuando hablamos de las redes sociales y de la blogosfera, en general siempre hablamos de que ayudan a conseguir contactos, reconocimiento, visibilidad, oportunidades, y un largo etcétera. Siempre que nos referimos a ellas, hablamos de lo que podemos conseguir, de lo que nos pueden aportar a modo de beneficio personal, hasta el punto de que a veces esto se convierte en una obsesión constante por conseguir cosas superfluas.

A mi modo de ver, esta obsesión por buscar el beneficio final muchas veces desemboca en que la gente pierda el rumbo de qué es realmente lo que le gusta hacer y cuáles son sus verdaderas motivaciones para tener un blog o para participar en las redes sociales y en las comunidades profesionales de nuestro sector. Se produce un vacío de significado y de valor que al final provoca que lo que hace el usuario deje de tener sentido y se desvíe del camino que, si fuera él mismo, seguiría de forma natural.

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Cuando el usuario únicamente busca el beneficio final, está anteponiendo objetivos superfluos y vacíos de significado que al final no tendrán ningún valor para él, ni tampoco para el resto de la comunidad a la que pertenece. Si la única motivación del usuario es conseguir 2.000 seguidores en Twitter, 10.000 visitas diarias a su blog o más de 500 contactos profesionales en Linkedin, el tiempo hará que ese vacío de significado que está originando se acabe volviendo en su contra en los diferentes sectores y comunidades en los que participe. Y es que, de nada te sirve tener ese número de seguidores o ese número de visitas, si al final no haces que tenga un sentido verdadero y auténtico en el mundo real.

En general, cualquier manual de redes sociales te aconsejará que utilices las redes sociales únicamente como un instrumento más, al igual que puedas utilizar el teléfono, el correo electrónico o tu web profesional. Pero nos olvidamos de que, cada vez que utilizamos cualquiera de los medios anteriores suele ser para realizar tareas muy concretas de nuestro trabajo (enviar un encargo, llamar a un cliente, que te llamen a ti, etc.) qué están motivadas por algo. Sin embargo, cuando escribimos un mensaje, subimos una foto o compartimos un vídeo en nuestras redes sociales, tenemos que ser conscientes de qué sentido tiene que compartamos eso con nuestra comunidad, qué valor aporta y si de verdad va en sintonía con lo que somos o lo que queremos aspirar a ser. Se trata de tener un plan, sí, pero no un plan cualquiera. Se trata de tener un plan que sea acorde a tu forma de ser, a tus propios intereses y a tus propios gustos. No podemos pretender caerle bien a todo el mundo siempre o darle a los usuarios lo que desean, pero ojo, eso no quita que no podamos pensar en ellos a la hora de compartir algo. Como en tantísimas otras cosas, se trata de encontrar un equilibrio.

La dudosa autenticidad del “yo virtual”

Id, ego y superego. ¿Os suena? Se trata de tres conceptos básicos de la teoría del psicoanálisis de Freud. Podemos aplicar una parte de su teoría a un fenómeno cada vez más común que suele darse en las redes. En la red prima mucho el ego individual, ya que tenemos vía libre para dar rienda suelta a nuestras inquietudes y a compartir cosas para beneficiarnos individualmente. Hasta ahí quizá todo va bien (en parte). El problema empieza cuando empezamos a utilizarlas para magnificarnos, para darnos más importancia o para querer ser algo que en realidad no somos.

Si tiramos otra vez de manual, éste nos dirá que las redes sociales son un espacio ideal para resaltar nuestras virtudes y disimular nuestros defectos. Llevado al extremo, esto directamente desemboca en que, en muchas ocasiones, el usuario se desprenda de todo lo malo y únicamente se dedique a hablar de todo lo bueno que le ocurre, ocultando su lado malo y haciendo hincapié en los aspectos más positivos. Y, en muchos casos, incluso a magnificar las cosas para intentar parecer más importante. El cuadro que podéis ver a continuación ilustra de una manera gráfica y sencilla esa separación entre “el yo virtual” y “y el yo real”:

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  • El “Yo real” es ése al que nuestro entorno conoce bien de manera presencial.
  • El “Yo virtual” es la imagen que creamos de nosotros mismos en la red.

Por lo general, a día de hoy, considero que lo ideal sería que ambos “egos” coincidieran en todos los aspectos posibles para evitar generar confusión en nuestro círculo real y en nuestro círculo virtual. Pero, por desgracia, en muchos casos ocurre que llega un punto en el que la separación entre el “yo virtual” y el “yo real” es tan grande que no coinciden, lo que hace que los círculos sociales no comprendan exactamente qué eres o en qué te estás convirtiendo. En otras palabras, es como si dicha persona fuera completamente diferente en la red de lo que es en realidad. Esto puede tener consecuencias muy diversas, como pérdida de credibilidad, que la gente no te tome en serio o que toda tu estrategia de marketing se vaya al garete

“No vendas humo, crea significado. Sé tú mismo.”

Por eso considero que es esencial que utilicemos las redes sociales para mostrarnos tal y como somos, bien a nivel personal, bien a nivel profesional. En muchos casos no será necesario establecer ningún tipo de separación entre un aspecto y el otro, y en otros sí (depende de tu estrategia). La verdadera esencia está en saber mostrarnos tal y como somos en ellas, en que simplemente sean un canal a través del cual compartamos nuestras virtudes y nuestros defectos, y no un colador a través del cual solo pase lo bueno. Somos humanos, y no podemos olvidarnos de que, muchas veces, las virtudes que tenemos radican en nuestros propios defectos que son los que, al final, nos hacen únicos.

¿Os atrevéis?

¡Hasta la próxima!

Mafalda-Equivocarse

Errar es humano, es una de las máximas del hombre. Nos pasamos la vida equivocándonos, porque equivocarse es una de las vías del aprendizaje, una de las vías de la experiencia, y una de las vías, a fin de cuentas, del éxito:

“Quien piensa a lo grande tiene que equivocarse a lo grande”

Martin Heidegger

La equivocación también forma parte del trabajo del traductor, de su rutina y de su día a día. El traductor lidia cada día con ella intentando minimizarla al máximo, radicando el éxito no tanto en conseguir un 100% de acierto, sino una cifra lo más cercana al 0% en el número de errores. Parece lo mismo pero, a la hora de la verdad, hay una diferencia fundamental en el enfoque inicial que cambia todo el planteamiento. Y es en ese planteamiento en donde radica la esencia matemática de nuestra profesión (resolución de problemas, ya sabéis…).

Pero dejando a un lado estos fríos porcentajes, la verdadera virtud del traductor para minimizar sus errores no está tanto en la obsesión de buscar no equivocarse (“ay, señor, señor, que me quede como estoy…”), sino en su espíritu de trabajo, en su capacidad de minimizar daños y disminuir los riesgos, y en el orgullo y la voluntad propia de saber reconocer sus errores, entenderlos y asimilarlos, para posteriormente corregirlos y seguir mejorando en su devenir como profesional. He ahí la esencia de la experiencia. Porque, como decía una de mis profesoras de interpretación, “cuando cometes un error, tienes que ser capaz de tirar de la cisterna” (o, si no os gusta esa expresión, “de pasar página”).

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El error del traductor perdura en la eternidad. Menudo drama, ¿no? Dicho así, a cualquiera se le haría un nudo en el estómago cada vez que tuviera que tomar una decisión comprometida a la hora de resolver un problema de traducción complejo. Si a eso le añadimos otros factores como el tiempo o las restricciones propias de cada especialidad (no es lo mismo traducir un guión que un manual de instrucciones), entonces el nivel de presión puede ascender hasta alcanzar cotas en las que no podríamos ni respirar ni tener el suficiente oxígeno para pensar y reflexionar con tranquilidad sobre el problema en cuestión.

El gran traductor tiene que equivocarse a lo grande. Tiene que haberse equivocado mucho. Y tiene que ser capaz de salir a la palestra y decir, «sí, me he equivocado», y reconocer su error. Y, acto seguido, decir: «Y por eso ahora soy mejor traductor que antes». Como hace poco dijo Pablo Muñoz en su blog, si la has cagado, reconócelo. Reconocer un error es siempre el primer paso hacia la experiencia, el aprendizaje y el conocimiento.

Me resulta curioso el orgullo inherente que, en general, tenemos muchos traductores. Cada vez que nos marcan una coma, nos quitan una palabra o nos ponen algo en color rojo (por citar algunos ejemplos), no podemos evitar sentir un puñal clavándose en nuestra espalda. El amor individual hacia nuestras propias palabras, hacia nuestra particular forma de expresarnos, muchas veces nos ciega y nos impide saber encajar una crítica o reconocer un error, independientemente de si éste es más evidente o no. Y esto es algo que seguro que a todos nos ha pasado en algún momento.

En el caso de los traductores audiovisuales, el error perdura en la eternidad en la gran pantalla y en la pequeña. Y, si además, el error forma parte de una línea de subtítulos, entonces el drama es todavía mayor, ya que queda la presencia física del error, lo que hace que el dolor sea doble en muchos casos. Yo, como no podía ser de otra manera, ya he sufrido en mis propias carnes ver cómo un error propio perdura en la pequeña pantalla para siempre, y os aseguro que es una de las sensaciones más dolorosas que hay para un traductor. Ese orgullo inherente cae abatido de forma repentina, y nos deja con una sensación de desnudez e indefensión irreparable a corto plazo.

Es por eso por lo que, últimamente, estoy optando por deshacerme de ese orgullo o, por lo menos, de la parte mala de ese orgullo. Lo cierto es que muchas veces está bien tener algo de amor propio para saber defender una decisión concreta que sientes que es correcta, o que has tomado de manera premeditada aun entendiendo los riesgos. Otra cosa muy distinta es cuando la parte mala de nuestro orgullo se pone en nuestra contra, nos ciega y nos hace defender un error que ya es más que evidente:

“De hombres es equivocarse; de locos persistir en el error”.

Cicerón

Otras veces, y esto es algo que ocurre mucho, a los traductores se nos suelen atribuir errores que, en realidad, no hemos cometido nosotros. Y ese es otro de los puntos negativos de nuestra profesión. Nuestra credibilidad y conocimiento no siempre se respetan. Son muchos los lectores que todavía culpan a los traductores cuando un libro o una película tiene una expresión malsonante o extraña para sus oídos. En su ignorancia queda conocer todo el proceso que hay desde que una traducción sale de las manos del traductor y llega a los actores de doblaje (en el caso de los guiones), o se incrusta en el vídeo final (en el caso de los subtítulos).

Uno de mis errores más gordos:

Como ya os he comentado, mi expediente de gazapos ya ha empezado a crecer y, con ello, mi experiencia también. Supongo que lo ideal sería encontrar un equilibrio entre el número de errores y la experiencia acumulable. Si pudiéramos separar estos elementos y ponerlos en una báscula, siempre que la experiencia esté por encima del error o en equilibrio con él, creo que el balance podría considerarse positivo.

Un error que me gusta contar mucho últimamente es el que cometí al traducir una característica especial de un personaje de Barter Kings (Los Reyes del Trueque). El personaje, en su versión original, decía que no tenía “fingertips”, y yo lo traduje como que le faltaban las “yemas de los dedos”. Pero, poco después, salió a relucir la verdad. Este personaje no es que no tuviera las yemas de los dedos, sino que le habían amputado la última falange de cada dedo de su mano izquierda porque sufrió un accidente:

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Todavía me pregunto cómo diablos se me pudo escapar. Pero la cruda realidad es dura y cruel. Cuando vas contrarreloj y tienes que entregar sin falta un capítulo, muchas veces no te da tiempo de tomarte el tiempo suficiente para solucionar un problema, y das por hecho ciertos detalles que, al final, son los que te llevan a cometer el error.

Esta experiencia, junto con otras, me han enseñado a no apartar la vista de la pantalla y a no perderme ninguna escena a la vez que voy traduciendo. Antes me despistaba más. Y, aunque este error está ahí presente (y lo seguirá estando para los restos de la eternidad), creo que me ha ayudado a mejorar y a seguir creciendo. Y tener ese error en mi recuerdo como símbolo de un error gordo que ya cometí, también me hace esforzarme todavía más para intentar evitar repetir una metedura de pata tan grande como esa.

Y es que, como ya he dicho antes, los errores grandes permiten hacerte grande ante la adversidad. Y, como “solucionadores” de problemas que somos, muchas veces ése tiene que ser el mayor de nuestros consuelos y, al mismo tiempo, una de nuestras principales motivaciones. Seguro que en el futuro, gracias a todo eso, llegarán grandes aciertos que servirán para endulzar el amargo sabor de boca que se nos pudiera quedar con un error del pasado.

Así que, desde aquí, os animo a equivocaros mucho (sobre todo si todavía estáis formándoos), y a que aprendáis de todo ello. Así es como llegaréis, de verdad, a ser grandes.